Resonancias del México autoritario

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en AOL-Noticias el 25/07/11

Antes de la elección del año 2006, todo indicaba que Andrés Manuel López Obrador ganaría la presidencia de la República Mexicana sin problema alguno, porque la ventaja que presentaba en todas las encuestas de opinión pública así lo señalaban; vitoreaban el triunfo a los cuatro vientos de modo muy similar a lo que actualmente sucede con el priísta Enrique Peña Nieto quien aparentemente lleva una ventaja inalcanzable en las estadísticas.

Más allá del entorno electoral, quizá debamos tener presente la estructura del sistema político de México, que está diseñado del tal manera que éste se mantenga operando con las mismas prácticas y costumbres, no importando quién sea el encargado de presidir el país.

Por ello, es que con la llegada de Vicente Fox y la actual administración de Felipe Calderón, los ciudadanos mexicanos no hemos notado cambios trascendentales (o por lo menos notables) en la forma y fondo que se ha gobernado este país luego de la revolución mexicana. La razón de que estos cambios no sucedan a pesar de ser promesas de campaña, o a pesar de que se cambió de partido político en el poder, es que el sistema político mexicano opera bajo circunstancias que obligan a que se fortalezca el estado permanente de las cosas y cuando algo se sale de su lugar, inmediatamente emergen mecanismos que hacen la función de estabilizar el sistema.

A esas prácticas emergentes (y de cierta forma, tradicionales) es a lo que llamaré las “resonancias del México autoritario”, que dicho sea de paso, es una expresión tomada del magistral libro (tesis doctoral) del doctor Juan Francisco Escobedo Delgado.

Resulta entonces que en el último decenio hemos visto que el PAN es más priísta que el propio PRI. Todo lo que en su momento combatieron – siendo fuerza de oposición – los dedazos presidenciales, cargadas, caballadas, mapacheo, fraudes, etcétera, hoy son una práctica común al interior del PAN.

A unos meses de decidir quién será el sucesor de la presidencia de la República, igual que antaño, la pasarela de los secretarios de Estado comienza a operar. Todos se apuntan en la lista de aspirantes para ser tomados en cuenta por el presidente en turno, mientras éste último prohíja sin recato y con esmero a quién será “su” candidato.

Las negociaciones en lo oscurito son otro tema, pues como hace unas semanas se supo que Felipe Calderón pactó con Elba Esther Gordillo, hoy se sabe que el candidato panista será quien logré mayores acuerdos que lo catapulten a la presidencia. De ahí que si lo observamos con atención, el sufragio ciudadano no está siendo considerado en lo más mínimo, sino más bien, lo que realmente tendrá el valor político-electoral, serán los acuerdos que consoliden una candidatura ganadora y que una vez logrado el objetivo se paguen los compromisos adquiridos. Eso es realmente lo que decidirá una candidatura y no la preferencia o aceptación ciudadana.

Evidentemente, lo anterior suena a nuestro país de hace años, al México autoritario donde a la clase política nunca le interesó la decisión popular. Después de la revolución mexicana, cualquier presidente que se traiga a la memoria, tendrá ese tufo de autoritarismo; prácticamente ninguno se salva de haber gobernado con caprichos y con poca estatura de estadista. Igual que en la época moderna, donde se gobierna para fortalecer a la clase política sin tomar en cuenta a la ciudadanía.

El ejemplo más claro es la construcción de la nueva sede del Senado de la República, un edificio disfuncional y enfermo que no cumple con las expectativas deseadas. Pero a pesar de las advertencias, los senadores nunca cejaron en su propósito de hacerse una nueva sede que demostrara la magnificencia de su poder. Ese es el poder con el que ahora intenta (al menos la fracción priísta) regresar a la silla presidencial.

Incluso, es un error utilizar la expresión de “regreso” puesto que el PRI realmente nunca se ha ido. Ha estado más presente de lo que uno se puede imaginar. Con Fox y con Calderón, el aparato administrativo de nuestro país sigue en manos de priístas en las subsecretarias, jefaturas departamentales y demás escalafones de la administración pública que son sostenidos y palomeados por el priísmo nacional.

Sin embargo, esto no quiere decir que no se tenga escapatoria y que el PRI dominará toda la vida; sino lo que se intenta demostrar, es que mientras no se modifiquen las estructuras que sostienen a nuestro actual sistema político, difícilmente se podrán hacer cambios radicales en el derrotero del país. En otras palabras, mientras se sigan viviendo y fortaleciendo las prácticas corruptas aprendidas en épocas del PRI, no podremos salir del circulo vicioso en el que nos encontramos inmersos. Pero si la ciudadanía comienza a participar cada vez con mayor vigor y apuntalamos la cultura de la rendición de cuentas, poco a poco se diluirá la noción de México autoritario, para pasar a un verdadero México democrático, justo y solidario.

La principal herramienta que tenemos los ciudadanos es desde luego el sufragio electoral. Si asistimos a la urna con una idea clara del México que queremos, seguro las cosas paulatinamente van a cambiar. Construyendo mínimos se edificarán máximos, porque cuando los ciudadanos seamos tomados en cuenta por la clase política, se terminará tarde o temprano con las resonancias del México Autoritario.

Es un camino difícil, complejo, pero no imposible…

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