Retos de la comunicación política

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Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en Razón y PalabraPrimera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología, en la columna Intersticios

El contexto es el siguiente: una mujer clase media conduce un taxi, lleva como pasajero a un hombre quien comienza la plática. El tema es la crisis de inseguridad que padece México, la mujer taxista dueña de sí, celebra que por fin un presidente haya tenido el valor de contener los ataques de los criminales. El pasajero pretexta la violencia ocasionada, a lo que la taxista responde de forma contundente que sino se hubiera actuado a tiempo, actualmente estos criminales manejarían el país. El pasajero convencido simplemente responde: no lo había visto de esa manera.

Pocas veces un spot gubernamental suele retratar la realidad real de la vida social, la mayoría de los anuncios apelan a justificar o legitimar un acto de gobierno, bien sea porque los resultados son negativos y por tanto hay que modificar la percepción; o simplemente porque intentan imponer en el escenario de la opinión pública una noción de trabajo constante y dedicado. Sin embargo, esto es apenas una aproximación a lo que realmente debería ser la comunicación política de un gobierno; es decir, no basta con presentar anuncios absurdos y casi ridículos en el radio y la televisión para decir que se está trabajando adecuadamente, sino se debe tener una idea moderna de lo que es actualmente la comunicación política y las nuevas formas y medios donde se desarrolla.

La comunicación política ya no es aquella que en 1936 modestamente diseñó el presidente Lázaro Cárdenas bajo la nomenclatura de la Dirección de Publicidad y Propaganda, dependiente de la Secretaría de Gobernación, donde básicamente se pretendía tener un control sobre los medios masivos de comunicación y difundir sin recato las acciones del gobierno en turno. La presente comunicación política, es aquella que enfrenta retos complejos, pues la condición de horizontalidad en el flujo de  transmisión de la información que actualmente ofrecen las nuevas formas sociales de entendimiento, obligan a que no sólo intervenga la disciplina comunicativa, sino además debe nutrirse de perspectivas sociológicas, antropológicas, cibernéticas, humanistas y desde luego políticas que hagan que la comunicación sea efectiva en todos los sentidos.

Aquella verticalidad que encontrábamos en los medios de comunicación tradicionales y en particular en la televisión como aquel espacio único de exposición política, hoy se ha transformado de manera radical al incorporarse las nuevas tecnologías en forma de redes sociales. En las formas tradicionales de comunicación, la relación políticos–medios–ciudadanos existía (existe) en función de los dos primeros, mientras que los ciudadanos siempre estuvimos (estamos) a merced de la relación que tuvieran (tienen) políticos y medios. La incorporación de las nuevas tecnologías a la relación antes citada, transformó la estructura a una línea horizontal, donde los tres factores están en el mismo nivel, lo que de entrada modifica radicalmente la forma de interacción entre unos y otros, es decir, la horizontalidad permite que ahora los ciudadanos se conviertan en los propios productores de su comunicación, virtud que no tenían en la verticalidad.

Alejandra Sota, vocera de la presidencia de la República
Por ello, ante anuncios de publicidad gubernamental como el presentado al principio de este texto, uno puede reconocer la debilidad en la estrategia de comunicación política, ya que el spot sigue articulado en la estructura de la verticalidad y no considera la capacidad de análisis crítico que se puede dar al circular en las nuevas formas horizontales de comunicación, donde por cierto, los ciudadanos harán uso de toda su capacidad de intercambio de mensajes tanto con los políticos, como con los medios de masas, para emitir una opinión al respecto.

Si antes, la comunicación política se dirigía desde una política de Estado y se transmitía a las masas a través de los canales de comunicación propios de los medios tradicionales, hoy la misma comunicación puede originarse desde el propio ciudadano que demanda información a su clase política haciendo una suerte de “puenteo” que evita incluso la presencia de los medios de masas.

No obstante, no hay que perder de vista que si el tipo de anuncios como la taxista que apoya de manera contundente la persecución de los delincuentes siguen operando en nuestra modernidad, es porque existe también la circunstancia social que indica que el acceso de la población a internet es muy bajo y por tanto, no todos los ciudadanos tienen acceso a la comunicación horizontal que permiten las redes cibernéticas. De ahí que se apuesta a esos sectores de la población que siguen teniendo como únicos medios de información la televisión y la radio.

El crecimiento y la prisa sistemática de Internet y las redes sociales, tarde o temprano impactarán en aquellos sectores de la población que hasta el momento tienen el acceso restringido o limitado. Cuando esa condición se revierta y haya un acceso más amplio, las estrategias de comunicación política tendrán que modificarse radicalmente, pues seguramente el tipo de anuncios que (ahora) intentan justificar los pobres resultados de gobierno, serán abordados desde la lógica ciudadana del sentido común y no habrá plataforma gubernamental capaz de soportar esa crítica.

No todo está dicho en el terreno de los estudios de comunicación, la disciplina aún es joven y tiene mucho camino por delante. La comunicación política tuvo su auge en aquellas campañas político–electorales norteamericanas donde la estrategia de comunicación definía al ganador, la propia segunda guerra mundial causó lo que causó por su vida mediática. Hoy la comunicación política enfrenta nuevos retos, y por ende, requiere de nuevas teorías, métodos y formas de análisis. La llegada de las redes sociales han variado radicalmente la idea de comunicación y transferencia de información que, si la comunicación política no se mueve al mismo ritmo, quedará entonces rezagada con modelos anticuados que no podrán sumarse a las nuevas y modernas formas de interactuar en la relación constante de políticos–medios–ciudadanos.

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