Informe presidencial

Felipe Calderón

Por Juan José Solis Delgado

No sé si fue bueno que terminara el ritual del día del presidente o bien a la postre fue  una decisión contraproducente. La Constitución, se supone, obliga al presidente de la República a rendir un informe anual sobre el estado que guarda la administración pública de la nación, este acto antes se escenificaba con la presencia del mandatario en el Congreso de la Unión; hoy simplemente se manda a un propio con el informe por escrito que entrega en el acto de apertura del periodo ordinario de la legislatura en turno. Hay quien dice que fue bueno terminar con ese fastuoso día que tenía por práctica común los aplausos en cada pausa del discurso presidencial.

La revisión anual que los presidentes de antiguos tiempos llevaban  acabo en interminables horas leyendo su discurso, era sumamente aburrida. Las calles aledañas al palacio legislativo erran cerradas a la circulación con suma anterioridad al evento, la actividad laboral prácticamente era detenida para conocer las cifras siempre positivas del ejecutivo federal. En la época del PRI autoritario nunca hubo una sola interrupción, sólo aplausos  y vítores efusivos, que dejaban claro la solidaridad que los representantes del pueblo tenían con su presidente; más tarde en los salones de Palacio Nacional, se hacia una fila interminable que conducía al tradicional besamanos. Esta pasarela siempre tenia un tufo político que los analistas y observadores acuciosos interpretaban profusamente en la prensa nacional.

Todo era miel sobre hojuelas hasta que un día vinieron las imputaciones, los gritos, los reproches. Apenas comenzamos a probar los primeros olores de la democracia. Es histórica aquella valentía del diputado Marco Rascón quien cuestionó a Carlos Salinas de Gortari con una máscara de puerco, o bien los gritos interminables del doctor Porfirio Muñoz Ledo para hacerse escuchar. Los presidentes ya no fueron tan felices, su día ya no se celebraba con loas, sino con justos reclamos y pancartas que cuestionaban su desempeño. La misma dinámica del informe anual, obligó a los legisladores a desaparecer aquel festivo día para dejarlo en sólo cumplir con el protocolo de entrega. Así le pasó a Vicente Fox y le pasa a Felipe Calderón.

Sin embargo, dicho con ironía, la “sensibilidad” de Felipe Calderón le conmina a darse el lujo de producirse su propio día para celebrar. El año pasado rindió un mensaje a un grupo de élite en el patio central de Palacio Nacional. Este año se anunció que sería en el auditorio nacional y horas antes la oficina de la presidencia decidió cambiar la sede. Y aunque muchos creemos que no hay mucho que informar, sino en todo caso, es tiempo de pedir disculpas; si es indispensable conocer detalles del crecimiento económico, los aciertos en la política educativa, resultados positivos en materia de seguridad interna y nacional, avances en democracia y transparencia, pero sobre todo saber el estatus de nuestro bienestar social.

De ahí que ojalá no sólo se enlisten cifras maquilladas, logros inexistentes y orgullos superfluos… ojalá Felipe Calderón pudiera dar cuenta de la realidad real y no nos informe sólo de su México imaginario, dónde él va ganado su guerra y los criminales van perdiendo….

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