Estado débil o demasiado Estado

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la columna MéxicoPolítico en el portal AOL – Noticias el 4 de octubre de 2011

 

Es inexistente la promesa de que un Estado consolidado es sinónimo de democracia participativa y viceversa; al menos no en América Latina y tampoco es el caso de México. En las últimas décadas, las gestiones administrativas y gubernamentales llevan el sello de un Estado excedido bajo la forma autoritaria de un poder ensimismado que provee a los ciudadanos una democracia simulada que no fortalece su condición operante. El cuestionamiento que en la actualidad se hace del Estado mexicano, se debe a su poca o nula eficiencia, a su debilidad y paradójicamente a sus excesos.

Una de las consecuencias que ha puesto en evidencia la impertinente lucha contra el crimen organizado emprendida por Felipe Calderón, es la debilidad del Estado. Nunca como antes, el Estado se ha visto tan desarticulado en su poder legítimamente adquirido. Hoy, otros poderes son los que buscan el control estatal y no se vislumbra la manera de revertir esta situación tan delicada; de continuar así, el Estado mexicano con todo y sus excesos quedará reducido a un competidor de poca monta en busca de una porción mínima de poder. Por ello, es momento que los actores políticos pongan a discusión el papel del Estado mexicano en estos tiempos de crisis e inseguridad nacional, cuestionarse qué es lo que hace débil al Estado y cuáles son sus excesos, sólo así se tendrá la pauta para redireccionar el rumbo del Estado que no puede continuar el camino que ha transitado hasta ahora.

México y su élite política construyeron un Estado autoritario y con excesos en la época del priismo. Nos sobró Estado para decirlo de otra manera. La voluntad de un presidente de la República se convertía en una sumisión incuestionable de la ciudadanía y sus instituciones; la hegemonía del poder, la mantenía el Estado con tranquilidad y sin prisa. Los sistemáticos saqueos de la riqueza nacional, sexenio con sexenio operaban de manera natural porque el diseño y la autoridad del Estado así lo concebían, de hecho no podía ser diferente, el enquistamiento de la corrupción fue prohijado por los excesos del Estado mexicano. En este entorno se edificó nuestra idea de Estado democrático, con autoritarismos persistentes y simulaciones de libertad. Hoy vivimos las consecuencias de esa débil y frágil construcción.

La ilusoria alternancia que se vivió en el año 2000, lejos de fortalecer al Estado mexicano, lo convirtió en el principio de su inconsistencia, su autoritarismo febril se transformó en una falsa idea democrática, pues la instituciones comenzaron a ser débiles y vulnerables, la democracia no facturó como resultado elecciones limpias y gobiernos estables; de hecho fue todo lo contrario, la clase política comenzó a pulverizarse en busca del poder perdido, las traiciones, el gatopardismo, las negociaciones en lo oscurito, hicieron de los partidos políticos entidades que perdieron todo poder de representación legítima. Sin representación el Estado quedó asimétrico y con un poder diluido; justo ahí el Estado quedo vulnerable y a la intemperie.

La lucha intestina de los carteles del crimen organizado, de alguna manera han ocupado los espacios de poder que ha perdido el Estado. De ahí la dificultad del Estado por combatirlo, pues la lucha frontal se da de poder a poder, y el problema es que los criminales tienen mejor estructura de operación y entendimiento, porque obviamente no tienen un marco legal que los limite. Lo mismo pasa por ejemplo con los medios de masas, el poder que han adquirido pareciera que no tiene márgenes que lo confinen, y por ello, suceden todo tipo de excesos en los contenidos mediáticos. En ese mismo sentido, se experimenta la dificultad del Estado por informar y comunicar a la ciudadanía, pues primero tiene que lidiar con el poder fáctico de los medios.

Otra consecuencia de la guerra desafortunada contra el crimen organizado, es la apertura de varios frentes endebles. El hecho de que los diversos cárteles se disputen las plazas de mayor rentabilidad, se debe a que han descubierto que éstas adolecen de control estatal, por esa razón, se viven las balaceras, el hallazgo de personas decapitadas y muertos arrojados o abandonados en la vía pública, con toda impunidad y sin acción policiaca de por medio. No hay autoridad que los combata por la simple razón de que no hay Estado con poder legitimado y moral que respalde cualquier acción de enfrentamiento. Estamos ante un Estado débil incapaz de actuar porque su poder se ha disgregado en las marañas de la burocracia gubernamental.

Por eso, es necesario encontrar un punto medio entre el Estado débil y el Estado autoritario, sólo así se encontrara la ruta que legitime su autentico poder y sea entonces la ley quien soporte la creación de un verdadero Estado democrático. Mientras no se corrijan los vicios que han permitido la corrupción, la ineficiencia, la irresponsabilidad y la falta de resultados, no estaremos en condiciones de fundar un Estado que de manera efectiva haga frente a las acciones violentas del crimen organizado.

***

Nota al margen. En la prisa por encontrar culpables y vanagloriarse de la captura de delincuentes de alta peligrosidad, hace cinco años con 10 meses fue aprendida la ciudadana francesa Florence Cassez, culpable según Genaro García Luna de ser integrante de la peligrosa banda de secuestradores “El zodiaco”. Sin embargo, el juicio de Cassez está plagado de irregularidades e inconsistencias que no acreditan la culpabilidad de la procesada. Ese es el problema del Estado autoritario que no puede echar marcha atrás ante una equivocación atroz. Si el gobierno de Felipe Calderón aceptará los errores cometidos en contra de la libertad de Florence Cassez, tendría que aceptar que su sistema de procuración de justicia ha fallado y sería la vergüenza nacional. Pero obviamente el Estado no podría aceptar un error de sus profundidades.

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