Cinco años de torpeza, insensatez y muerte

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la Revista Emet, el 2 de diciembre de 2011.

Hace cinco años, los ciudadanos mexicanos fuimos testigos del fraude electoral. Para muchos, la elección del 2006 significaba el camino hacia la consolidación democrática, para otros, simplemente simbolizó la conservación perenne del poder. Entiendo que existen diversas voces que no aceptan el fraude y por consecuencia, defienden a Felipe Calderón, a veces más como dogma religioso, que por verdadera convicción política. Allá ellos y acá nosotros…

El asunto es que poco se ha valorado lo que realmente trajo para los mexicanos, el asalto de la presidencia de la República. Aquel primero de diciembre de 2006, el país entero atestiguó cómo Felipe Calderón en complicidad con el PRI, entraba al Congreso de la Unión por la puerta trasera, y entre gritos, abucheos y atropellos, tomó la protesta de ley. La carga simbólica que para los mexicanos tiene entrar por la puerta trasera, es sin duda de ruines que evidentemente no tienen el capital de credibilidad ni la solvencia moral necesarios para asumir el mayor cargo público con la cabeza en alto y mirando de frente. Felipe Calderón fue desde entonces un gobernante truhán que como vil ladrón se apoderó de la presidencia.

Ese significativo y sedicioso acto político marcó sin duda lo que sería a la postre su gobierno: disturbio total. De aquella cuestionada asunción a la presidencia, Calderón no hizo nada por sanar el rencor generado en su campaña negativa, de hecho ocurrió todo lo contrario, continuó promoviendo el encono y la división.

La movilizaciones multitudinarias encabezadas por Andrés Manuel López Obrador, fueron el termómetro del rechazo social. Cada asamblea a la que convocaba el tabasqueño significó un grito sonoro que retumbaba en la conciencia del usurpador. Por ello, para legitimar su falso poder, Calderón tomó la fracasada decisión de combatir al narcotráfico sin un diagnóstico adecuado. Después vino la violencia, los abusos y la muerte que ya todos conocemos.

Pese al fraude documentado, los mexicanos inconformes no tuvimos más remedio que aguantar los designios del escenario político. Con poco reconocimiento público, aceptamos que emprender una lucha contra el crimen organizado era loable; si bien el narcotráfico y los crímenes que de ello se derivan eran un cáncer que veníamos padeciendo, a la fecha nunca antes se les había enfrentado abiertamente. Pero el error vino cuando el combate no comenzó desde las entrañas del conflicto, sino que la guerra fue más a nivel epidérmico dejando a salvo el punto neurálgico del problema.

En lugar de depurar a la policía federal, para sólo quedarse con los elementos que acreditaran los niveles de confianza necesarios, Calderón optó por sacar a las fuerzas armadas de los cuarteles para hacerse cargo de un problema de seguridad interna y no de seguridad nacional que para ello fueron entrenados. La asesoría malévola de Genaro García Luna, hizo que Calderón construyera un estado de guerra similar a las series de televisión.

Infundir el miedo mediante actos represivos y violentos, fue la variable que Calderón y su séquito determinaron para legitimar su falso poder. Impávidos, los mexicanos comenzamos a ser testigos de cómo poco a poco se pulverizaba el país. La muerte comenzó a rondar muy de cerca a la vida y el miedo se apoderó de la vida pública. Los criminales comenzaron a defender sus plazas, su lucha intestina propagó aún más la violencia y el tejido social comenzó a deshilvanarse. Lejos de realmente combatir a las bandas criminales, Calderón permitió su crecimiento y se politizó la guerra. El objetivo primario de legitimar su falso poder, creció a un asunto económico: Estados Unidos intervino con recursos financieros y la guerra se convirtió en un jugoso y redituable negocio.

El precio de la guerra comenzó a medirse en sangre, dolor, amargura, tristeza y muerte. Los medios de comunicación comenzaron a dar cuenta, un día sí y otro también, de la cifra de muertos. La estrategia de comunicación política fue diseñada para siempre criminalizar a las víctimas: “se matan entre ellos”, alguna vez declaró Calderón. Los adeptos de Felipe Calderón auspiciaron la idea que la gente moría porque se lo merecía: “eso les pasó por andar en negocios turbios”. Pero la muerte es la muerte en inocentes y culpables, y en todo caso para éstos últimos estaría el Estado de derecho que mediante la ley podría juzgarlos por sus actos delictivos.

Por un simple acto civilizatorio, hubiera sido más sencillo para Calderón usara la ley en lugar de las balas. Dicho sea de paso (para que no se entienda una distancia con el argumento) yo mismo fui víctima de la violencia el 16 de diciembre de 2009, fui amagado con un arma de fuego y un par de hampones robaron mi automóvil del interior de mi casa; pese a la rabia, la impotencia y el miedo sufrido, a la fecha sigo pensando que de haber capturado a los ladrones, lejos de una paliza, hubiera preferido la aplicación de la ley. Porque nuestra historia nos dice que han sido años de evolución civilizatoria, donde no es permisible combatir la violencia con la violencia misma. Para ello hemos construido un Estado de derecho. Recordemos las palabras de Gandhi: ojo por ojo y todos terminaremos ciegos…

Dentro de un año Calderón ya no será presidente. Se marchará dejando atrás una estela de encono, amargura y muerte. Con nada podrá resarcir el dolor que a la fecha viven los padres de los niños muertos y lesionados de la Guardería ABC; con nada reparará la muerte de miles de inocentes que no tenían porque pagar las locuras de su guerra estúpida. La pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades quedarán como tareas que pudo haber atendido y que sin embargo, por estar empecinado en su guerra, no atendió debida ni eficazmente.

Los grupos criminales sobrevivirán al sexenio. Esa será, lamentablemente, la peor torpeza que padeceremos por culpa del lerdo e insensato gobierno de Felipe Calderón.

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