El callejón de la diputación

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la Revista Emet, el 19 de agosto de 2011.

Estoy decidido a comprarme una fotografía con todo y su elegante marco que venden en trescientos cincuenta pesos en conocido centro comercial. También he pensado que si me pusiera a buscar dicha imagen en el google y la llevo a imprimir, calculo que con todo y marco me costaría unos cien pesos. Pero no lo voy a hacer, simple y sencillamente porque prefiero que la colección fotográfica prevalezca y no termine en la redes infinitas de la internet.

La imagen no es la gran cosa, es más diría que es fea, no hay perspectiva, texturas, planos, y todas esas cosas que los expertos dicen hace a una buena fotografía. Casi podría asegurar que la tomó un fotógrafo aficionado el día que estrenó su réflex asistiendo a los festejos del aniversario de la revolución mexicana al centro de la ciudad en aquella época de los 1930.

Se trata pues de un fotograma que retrata un callejón diminuto, diría (exagerando) que hasta peligroso y mal oliente. Quiero pensar que ésta breve calle servía de acceso a la gran plaza del zócalo capitalino. Al fondo del callejón se observa con timidez la catedral metropolitana y el ajetreo de las carrozas que circulan por el circuito destinado para los vehículos. El callejón también conocido en aquellos tiempos como La Callejuela, es insignificante, hasta que el observador descubre que se trata nada más y nada menos de lo que más tarde se convertiría en la conocida calle 20 de noviembre.

Prácticamente, el centro de la ciudad de México se ha transformado tanto, que quienes lo transitamos ya no reparamos en esas modificaciones. Por ejemplo, la renovada calle de Madero, es una suerte de hormigas obreras desplazándose sin más en ambos sentidos. Ya no circulan autos, sólo personas con prisa que sortean a los mimos y botargas que intentan todo tipo de aventuras para ganarse unos pesos; cuando camino por ella, no dejo de recordar que no hace mucho, una obesa policía me infraccionó por estacionarme afuera de la óptica cuando fui a recoger mis anteojos. En fin que tanta es la diligencia con que se mueven los transeúntes que muy pocos saben que mi amigo Norberto vive en el departamento que está arriba del local de las hamburguesas y que no puede estacionar su auto como lo haría cualquier otro habitante en la cochera de su casa.

De regreso al sitio donde iniciaba o terminaba la otrora callejuela o también llamado el callejón de la diputación, según se quiera ver, me gusta observar la imponente catedral que cada día se ladea más y más y en el centro la bandera monumental ondeando en todo su esplendor, la veo y me lleno de un inexplicable orgullo mexicano, que por fortuna dura apenas unos segundos. Observó a señoras y señores con enormes bolsas negras, repletas de lo que para ellos son valiosas  mercancías que me imagino más tarde venderán en sus casas. Las mamás dejan a los niños correr por la plancha del zócalo, los comerciantes de bolitas saltarinas lanzan sus cometas al cielo decorando el paisaje citadino y los novios aprovechan cualquier ocasión para darse un prolongado beso. También están (ahora) los compas del SME, he platicado con ellos desde el anterior campamento y el actual y siempre concluimos lo mismo, el gobierno ni los ve ni los oye, pero ahí están, siempre con la esperanza de un día ser revindicados en sus derechos y dignidad. Por supuesto no pueden faltar los turistas que todo lo fotografían, gringos, europeos, asiáticos, africanos y compatriotas de los estados, ahí los vemos deleitándose con el espectacular panorama, caminan sueltos y maravillados, todo lo quieren comprar, preguntan por todo y se retratan con el palacio Nacional al fondo y otros más en la catedral.

Que enorme es el zócalo pienso… entonces me acuerdo del resto de los zócalos que conozco entre ellos, Colima, Manzanillo, Morelia, Quiroga, Papantla, Veracruz, Tlaxcala, Puebla, San Cristóbal de las Casas, Tapachula, Tepejí, Peña de Bernal, Jalpan, San Miguel de Allende, Celaya y tantos más que son pequeños en comparación con el majestuoso zócalo de la ciudad de México. De hecho me pregunto cómo le hacen los visitantes para lograr salir de la ciudad. En casi todas la poblaciones las salidas son dos, o vas de regreso a México o tomas hacia la siguiente ciudad, pero aquí… imagínate que un turista en pleno zócalo capitalino te pregunta, cómo le hago para Pachuca, insurgentes norte hasta el final, cómo le hago para ir a Querétaro, periférico hasta el final, cómo le hago para Veracruz o Puebla, calzada Zaragoza hasta el final, cómo le hago para Toluca, constituyentes hasta el final, cómo le hago para Cuernavaca o Acapulco, Tlalpan hasta el final; aparentemente fácil no, pero ahora si te pregunta y cómo llego a insurgentes, periférico, zaragoza, constituyentes, tlalpan… entonces sí estamos en aprietos…

Apenas que estuve en San Miguel de Allende, un oriundo me expresó con orgullo y precisión geográfica, que su ciudad eran a la sazón el verdadero corazón de México, por supuesto que le creí, no tendría porque dudar de sus argumentos. Pero si bien la ciudad de México no es geográficamente el centro del país, si es esa ciudad cosmopolita que seduce a cualquier aventurero, ya les iré platicando algunas historias de sus barrios y colonias…

Mientras tanto, acabo de recordar que mi primera práctica del curso de fotografía impartida por el profesor Alfonso Medina, allá en la UAM, justo la realicé en el zócalo de la ciudad y aunque parezca una “sospechosa” coincidencia, mi primer foto (muy mala por cierto) fue tomada desde el sitio que algún día fue El callejón de la diputación.

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