Peña Nieto y el poder de las redes

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 9 de enero de 2012, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

Desde hace tiempo, es común afirmar que las elecciones presidenciales se ganan en los medios de comunicación antes que en las urnas. La aseveración, vista desde un análisis de fondo, es compleja y polémica. En efecto, en los últimos años las campañas políticas se han caracterizado por utilizar estrategias comunicativas enfocadas a la (sobre)exposición de los candidatos en espacios de mayor audiencia, con la única intención de ganar la simpatía de los electores.
Sin embargo, la parcialidad de algunas empresas mediáticas y el derroche ilimitado de recursos económicos, por parte de los partidos políticos, provocan que las contiendas sean inequitativas, y por tanto, quienes poseen poder y capital, apuestan más a la fabricación de percepción que a una verdadera presentación de planes y proyectos de gobierno.
No es nuevo entonces que las candidaturas se construyan a partir de modelos televisivos o mediáticos. En México, por ejemplo, el ex presidente Vicente Fox arrancó su campaña que lo llevó a la presidencia de la República en el año 2000, años antes que la ley lo permitiera; lo mismo sucedió con Andrés Manuel López Obrador en la elección previa al 2006, donde su imagen estaba encumbrada en la preferencia electoral, desde antes que se ungiera como candidato. Hoy ocurre que el político priista Enrique Peña Nieto, es reconocido como un producto de manufactura televisiva, a quien se le ha dotado de una esposa actriz de telenovela y un guión que sólo le permite articular frases políticamente correctas.
No obstante, el capital político, económico y mediático que en los últimos años ha invertido la empresa Televisa en el aspirante presidencial, ha sido dilapidado en las últimas semanas por el propio Peña Nieto en un santiamén. Los dislates son claramente identificables: no recordar el título de tres libros, los insultos de su hija a la ciudadanía, no saber el equivalente en pesos del salario mínimo, y la cereza del pastel, responder que no conoce el precio de kilogramo de tortilla argumentando que “no es la señora de la casa” para saberlo.
Evidentemente, en este escenario no sólo juegan los medios de comunicación, ahora llamados tradicionales, también participan las redes sociales, con una fuerza de penetración insoslayable. La construcción de la opinión pública entonces, encuentra una suerte de conflicto entre la realidad fabricada que pretenden presentar las televisoras, contra la realidad real que converge en la integración ciudadana a las redes sociales.
En ese sentido, no hay nada peor para una estrategia de comunicación construida en función de cánones de éxito, que el desmantelamiento y exposición de las insuficientes virtudes de un producto. Y las redes sociales, precisamente lo que hicieron fue exhibir, no sólo la condición vulnerable del candidato Peña Nieto, sino abiertamente se ventilaron sus carencias intelectuales e incapacidad de comunicación más allá de los discursos predefinidos.
Lastelevisoras, por su parte, intentaron hacer frente al escarnio provocado por las pifias cometidas por su candidato, enviando la información a un nivel secundario, pero el éxito fue nulo. Incluso, el propio Enrique Peña atajó en un discurso que era un asunto provocado por sus adversarios, lo que tampoco le redituó en buenos resultados. La realidad, es que la nueva y moderna forma de colocar en el escenario público los temas de coyuntura, obliga a que las estrategias de comunicación, manejo de crisis y reparación de daños, consideren la influencia y poder de penetración de las redes socialesy no las niegue; porque, pese a que aún no todos los ciudadanos mexicanos tienen acceso a los servicios de Internet, es un hecho que quienes están conectados determinan gran parte de la agenda pública al mostrar sus inquietudes, demandas, pero sobre todo por utilizar la forma de organización social que por naturaleza poseen y ofrecen las redes.
Sin duda, la comunicación política de nuestra modernidad, toma un sentido diametralmente distinto a los manuales que hace pocos años se utilizaban en materia de medios de comunicación. Hoy el flujo de comunicación ya no es forzosamente vertical, de hecho la condición de intercambio de información de manera horizontal, que alientan las redes sociales, pone al ciudadano en el mismo nivel del candidato, y por tanto, la crítica puede ser prácticamente directa. Los aspirantes a cargos de elección popular saben que su presencia en redes sociales es imprescindible para su estrategia de campaña; pero no deben soslayar la dinámica y formas que éstas imponen.
Lo ocurrido al candidato priista Enrique Peña Nieto, significa la necesaria integración de la comunicación cibernética al entramado político. La temperatura que ahí se puede medir, en ocasiones llega a tener más factores de confianza que lo hecho por las empresas encuestadoras; y el debate que también ahí se propicia, suele tener mejores niveles de argumentación, que no se podrían ver en otro tipo de escenarios públicos.
Algunos estrategas de campañas políticas han querido tratar a las redes sociales con los mismos mecanismos con que por años han tratado a los medios electrónicos. Por ejemplo, con el yerro de Peña Nieto se creó de inmediato en Twitter el trendtopic #LibreríasPeñaNieto, posicionándose como el tema más comentado en el microblogging, pero de un momento a otro, la referida frase desapareció sin que los administradores de la red social dieran un explicación al respecto. Ese fue a todas luces, un comportamiento típico y hasta natural de quienes censuran en los medios tradicionales, pero en la comunicación de las redes sociales, pese a que retiraron la frase que aludía al priista, no pudieron revertir en absoluto el lamentable desatino.

2012 representa un año de efervescencia político–electoral. No existe la menor duda que las redes sociales tendrán una marcada influencia en la opinión pública, de ahí que los candidatos tendrán que ser más cautos y demostrar todos sus recursos intelectuales que tengan al alcance, para hacer un decoroso papel y ahora sí, enfrentar al ciudadano en una condición horizontal.

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