El juego de las encuestas

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 19 de febrero de 2012, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

 

Como ocurre en cada año electoral, las encuestas y sondeos de opinión juegan, para bien o para mal, un papel relevante en la construcción democrática de cualquier nación. Como parte del entramado político-electoral, las encuestas se han constituido en un rasgo de supuesta legitimidad y fortalecimiento de los procesos electorales; sin embargo en ciertos entornos políticos, su incidencia está dirigida más hacia la manipulación de la opinión pública, que verdaderamente en cumplir con su espíritu objetivo de mostrar una radiografía precisa del momento.

Las encuestas, suelen ser herramientas de medición que habitualmente viven bajo sospecha, sobre todo en países que sustentan su desarrollo en la periferia de la modernidad. El caso mexicano es ilustrativo. Aquí, las encuestas además de medir el clima electoral, son utilizadas con propósitos diversos, entre los que destacan, posicionar la ventaja de un candidato antes y durante el proceso electoral, así como inducir el voto de último minuto. Lo anterior, provoca que la estructuras democráticas se debiliten y el voto pierda sentido de efectividad; en otras palabras, en estos tiempos la decisión de quién será el candidato ganador, dependerá en mucho del juego de las encuestas.

Esta acción, evidentemente es contraproducente por donde se le quiera ver. Ya lo advertía Sartori en Homo videns, la sociedad teledirgida: “muchos en voz baja reconocen que la dependencia a las encuestas es nociva… y deberían tener menos peso del que tienen”. Pero en la realidad, el peso que se le otorga es altísimo y quizá hasta desproporcionado; sin embargo, ese no es tanto el problema, sino la calidad de información utilizada para nutrir sus contenidos.

Partiendo del presupuesto teórico luhmanniano de que los medios de masas difunden ignorancia,[1] las encuestas se alimentan precisamente de esa ignorancia, lo que hace que la formación de la opinión pública esté cargada de argumentos débiles y quizá hasta erróneos, por ser producto de la influencia de los medios de masas. Ejemplo: las principales casas encuestadoras en México tienen como puntero en sus índices de medición al candidato priista Enrique Peña Nieto, por tanto, la opinión pública a través de los medios de masas, da por un hecho de que si “hoy” fuera la elección, entonces el ganador sería Peña. Entonces al estar  posicionada esa idea, cuando el encuestador acude nuevamente al público a preguntar quién cree que ganará la elección, la respuesta en automático será indudablemente Peña. ¿Razón? El proceso está viciado desde la fuente de información.

Empero, algo que se nos ha olvidado y bien advierte Sartori en su libro, es que las encuestas “…son un mero instrumento empírico para medir opiniones en un momento dado, y constituyen meras probabilidades, tendencias o aproximaciones a la verdad, y por lo tanto, pueden equivocarse.” Ahí el fondo del asunto, las encuestas pueden equivocarse. No obstante, la práctica de los encuestadores en el entorno mexicano, es presentar sus resultados como certeros con apenas un mínimo margen de error.

El juego de las encuestas es complejo y desafiante, por ejemplo dos políticos pueden utilizar la misma encuesta para decir que llevan la delantera frente a sus adversarios, el truco es saber cómo interpretar esos resultados para su beneficio. Entonces, la actividad interpretativa de los datos de las encuestas se hace sustancial en la operación de la opinión pública, generando aún más ignorancia presentada en forma de realidad. Por tanto, llegamos a un terreno donde la comentocracia, la opinología y demás excentricidades políticas, utilizan las cifras de las encuestas para incidir en la preferencia y pensamiento de los votantes, como si estos no tuvieran autonomía, inteligencia y capacidad de decisión.

Por otro lado, si nos situamos en el lugar del elector o votante, las encuestas ahí tienen también operaciones distintas. La socióloga alemana Elisabeth Noelle-Nuemann con su teoría de la Espiral del silencio, es clara en señalar que “…si la opinión pública es el resultado de la interacción entre los individuos y su entorno social (…) para no encontrarse aislado, un individuo puede renunciar a su propio juicio.” Pero, si ese juicio ha sido promovido por la difusión de la ignorancia y además es abandonado para adoptar el juicio de lo que piensa la mayoría (ignorancia multiplicada), entonces podríamos llegar a la conclusión que las encuestas no aportaban nada a la vida democrática, y al contrario, debilitan su estructura electoral.

Pero por más que sepamos que las encuestas empobrecen la vida democrática, su influencia sigue siendo preponderante para la creación de opinión pública y mediática. Por ello, es necesario redimensionar su participación y mesurar su influencia en la vida política. Las encuestas habitualmente no miden propuestas o razonamientos de candidatos, apenas y tienen elementos para calcular la percepción. En ese sentido es importante que la comunicación política de los candidatos presidenciales, adopte nuevos mecanismos para dar a conocer la sustancia de sus respectivos proyectos políticos, brindando información fundamentada en la inteligencia humana, sin repetir la fórmula de amplificar la ignorancia.

Si la clase política abandona el uso de las encuestas como forma de medir el grado de penetración en el electorado y evita por tanto hacer predicciones en el tiempo, podría asomarse a un nuevo mundo donde el acercamiento con la ciudadanía sería más eficiente, honesto y real. Mientras que los electores tendríamos mayores posibilidades de conocer las propuestas de los candidatos y no sólo quedarnos con saber quién es el mejor posicionado ante los demás.

[1] Sugiero revisar el libro de Niklas Luhmann 2007, La realidad de los medios de masas. Editorial Antrhopos – UIA.
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