Encuestas sin credibilidad

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 22 de julio de 2012, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

Para quienes estudiamos la comunicación en la sociedad y los respectivos relatos que de ella se derivan, el proceso electoral del primero de julio pasado, marcará un hito en la historia de los procesos de observación, análisis y síntesis de las diversas formas comunicativas utilizadas como estrategias de campaña para convencer, promover, seducir o confundir al elector con información no siempre certera, pero sí con un alta capacidad de perspicacia e influencia política.

Se acepte o no, las encuestas y la actividad en la redes sociales, marcaron la agenda de la discusión política y en el fondo fueron el escenario que le dio color –a veces sombrío– al proceso electoral. Prácticamente todos los candidatos tomaron como referencia de navegación la dirección que señalaba la información de las encuestas como una suerte de espejo mágico con capacidad de predecir el futuro; de ahí que no hubo medio de comunicación medianamente influyente que no se asociara con una casa encuestadora para ser parte del ejercito constructor de opinión pública mediante las cifras que arrojaban las mediciones públicas.

La utilización de las encuestas en México es relativamente joven, al menos en su uso mediático. La referencia histórica señala que fue en la elección de 1997 cuando el periódico La Jornada hizo pública una encuesta que medía las preferencias electorales de la primera elección a jefe de gobierno de la ciudad de México. No obstante el ejercicio demoscópico se observa y desarrolla claramente en la Alemania Nazi, casi a mediados del siglo pasado. Ante la eficacia de la propaganda política y la influencia de las encuestas en aquella época, décadas posteriores emergen importantes estudios sobre la materia entre los que destaca la investigación de la doctora Elisabeth Noelle-Neumann quien trazó la teoría de la Espiral del silencio donde estudia el comportamiento de las personas ante los fenómenos del carro ganador (es decir, todos quieren subirse a ese carro para no quedar marginados de la opinión pública) y  la exclusión social.

Así, no es difícil suponer la apuesta que los estrategas actuales hicieron sobre el uso propagandístico de las encuestas, que tan sólo con cumplir unos requisitos mínimos que les impuso la autoridad electoral, fueron capaces de jugar un papel relevante en la formación de opinión pública, pero con objetivos distintos a su naturaleza; es decir, las mediciones fueron utilizadas con fines de proselitismo que se alejaban de presentar instantáneas del clima electoral, sino en todo caso, buscaron posicionar la idea de que el candidato puntero estaba muy por encima de sus adversarios y con ello –crear–  la sensación de que la elección ya estaba definida.

Se supone que de las encuestas se sabía lo suficiente para entender su operación fundamental (tomar fotografías en momentos determinados entre los posibles votantes), por ello durante el periodo de campaña, periodistas y encuestadores dijeron que las encuestas eran útiles en tanto servían para medir las preferencias electorales de los ciudadanos. Sin embargo, ante su actividad proselitista y su función propagandística, es un hecho que influyeron tendenciosamente en el proceso electoral, y paradójicamente a unas semanas de distancia de la elección,  aquellos periodistas, encuestadores y líderes de opinión que respaldaban con sesudos análisis las cifras de las encuestas, hoy se preguntan porqué debíamos confiar en ellas, si son apenas instrumentos inexactos de medición.

Prácticamente ninguna de las encuestas tuvo cercanía a las cifras que arrojó la realidad. Sus márgenes de error fueron rebasados por mucho y su credibilidad, certeza, seriedad y profesionalismo quedaron en entredicho. Lo anterior es un capítulo que queda pendiente para la próxima legislatura y la ley electoral, pues en cualquier camino que conduzca a la democracia, no se puede tolerar el uso mezquino y cómplice de las empresas encuestadoras que brindan sus resultados para apuntalar la actividad propagandística de un solo candidato.

Si bien la actividad velada que tuvieron las encuestas no fue determinante para definir los resultados de la elección, sí influyeron en la construcción-desconstrucción del clima político que hoy enfrenta un proceso de impugnación electoral, pues ante la compra de votos, el rebase en los topes de campaña, el posible uso de dinero ilícito y la fabricación de un candidato desde los sets de televisión, se quiere hacer creer que nada de ellos tiene razón de ser en tanto las encuestas desde un principio ya habían fotografiado la voluntad popular.

Ante ello, no basta con las disculpas que algunos “supuestos periodistas profesionales” hicieron por haber contribuido en el ejercicio de –mal– informar a sus lectores; en todo caso, sería necesario obligarlos a renunciar a su actividad periodística por no haber tenido la capacidad y el decoro suficientes de ser imparciales y actuar con ética y sobriedad. Por su parte, los dueños de las casas encuestadoras tendrán que hacer un ejercicio de reflexión y definir si su trabajo de hoy en adelante marchará bajo la sombra de la sospecha y de satisfacer los intereses de unos cuantos, o bien, contribuirán con seriedad y profesionalismo en el fortalecimiento de la vida democrática del país. Al tiempo.

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