Periodismo de héroes y villanos

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 22 de agosto de 2012, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

Así como el crecimiento económico, la organización política, el desarrollo científico y tecnológico, la solidez de su sistema jurídico, las raíces culturales, etcétera, definen la identidad de un país; también el periodismo y la libertad de expresión rubrican los niveles de madurez de una sociedad que está o no debidamente informada.

Quienes se encuentran inmersos en el desarrollo de teorías del periodismo, se enfrentan a la disyuntiva de observar las operaciones periodísticas distinguiendo su ámbito de desarrollo, pues no es lo mismo ejercer la actividad informativa en países con democracias consolidadas, a practicarlo en países donde las singularidades informativas –para bien o para mal–, son el pan nuestro de cada día.

El caso mexicano, pertenece a la segunda distinción. Tristemente, México es un país de alto riesgo para ejercer el periodismo, siguiendo los datos de la organización Artículo 19, vertidos en el texto Atentados contra periodistas: ¿un asunto de poco interés para la prensa? de la profesora Claudia Benassini, en los últimos doce años las cifras son las siguientes: 72 reporteros asesinados, 13 desaparecidos y 40 ataques a medios –de comunicación. Sin embargo, paradójicamente, cuando hacemos una revisión de las líneas editoriales de los principales medios informativos de televisión, radio y prensa escrita, nos topamos que la mayoría de ellos son empresas periodísticas que de una u otra manera responden abiertamente a los intereses del régimen en turno.

¿Dónde está la línea que separa al periodismo de intereses del periodismo que implica riesgos? Quizá debamos atender otra distinción: el periodismo que responde a utilidades mercantiles contra el periodismo que responde al retrato de la realidad. Muchos de nuestros “pomposos” periodistas, son llamados así por la visibilidad que les confiere su medio, diversos conductores o lectores de noticias, articulistas y columnistas y demás líderes desarrollan su actividad “informativa” desde la comodidad de una oficina interconectada con la más innovadora tecnología que les permite tener el mundo al alcance de sus pantallas y no tienen la necesidad de exponerse a los riesgos de la calle. Ellos, la mayoría, responden a la primera distinción y suelen utilizar la información para entenderse en el juego político.

Pero el caso de los otros periodistas –permítaseme la expresión– de calle, son lo que reportean, indagan, construyen, precisan y llegan a sus redacciones con piezas periodísticas que responden ampliamente al espíritu informativo. Estos periodistas son los que están en riesgo, pues ventilan fenómenos que los poderes pretenden ocultar, y ya dependerá de la línea editorial de su medio el tratamiento, duro o superficial, que deberán dar a la información.

Así, cuando hablamos del riesgo que implica ejercer el periodismo en México, estamos refiriendo justamente a la labor de estos reporteros que van más allá de los límites de su ejercicio y de las versiones oficiales, o bien, de empresas periodísticas de menor tamaño que por su misma circunstancia no han generado demasiados compromisos con los poderes políticos o empresariales.

Los noticiarios de la televisión son el ejemplo más claro de la sumisión y la manipulación informativa a favor de la protección de sus intereses. No hay una sola emisión televisiva –al menos en la programación abierta– que se identifique o reconozca como veraz, creíble y seria. El “periodismo” que se ejerce en este medio, vive bajo la sospecha de estar mintiendo y siempre apostando su contenido editorial a intereses particulares. No hay una voz que se pueda reconocer como imparcial u objetiva.

El caso de la radio –por fortuna– no es tan dramático, la misma nobleza del medio ha permitido que existan espacios más o menos críticos y con mayor margen de maniobra para hacer frente a los yerros gubernamentales y/o excesos empresariales brindando a sus audiencias mayores elementos informativos. No obstante, esto no quiere decir que las pocas emisoras radiofónicas que se conducen con esta diminuta libertad, ejerzan un periodismo responsable, crítico, objetivo o imparcial al ciento por ciento. Estas empresas mediáticas no dejan de tener por objetivo la explotación de su concesión y su principal compromiso –nos guste o no– es mercantil. De ahí, que nunca dejan de estar sujetas a las presiones del régimen y por tanto, viven en un estado permanente de vulnerabilidad para ejercer su libertad de expresión.

Los medios impresos transitan más o menos por el mismo camino. Ninguno vive de la venta de sus ejemplares, todos subsisten de la pauta publicitaria ya sea de la iniciativa privada o gubernamental. Por ello, existen los diarios que tiene mayor o menor margen de maniobra y por ende de libertad en tanto sus compromisos publicitarios no dependan substancialmente del gobierno. Así, podemos observar que hay periódicos que sistemáticamente critican al gobierno y otros que enarbolan cada acción gubernamental, los límites de su libertad de expresión los pone su autonomía financiera.

Con todo lo anterior, tenemos que todos los medios informativos responden en mayor o menor medida a sus compromisos económicos. Ningún medio es altruista con la sociedad. Por ello, la voces o plumas críticas y valientes son apreciadas en tanto encuentran visibilidad en la corriente sumisa del periodismo. Sin embargo, quienes consumimos esos contenidos solemos creer que la valentía y arrojo de esos periodistas los coloca inevitablemente en la vitrina del heroísmo, mientras que todos lo demás los colocamos en el cajón de los periodistas villanos, insensibles y corruptos que tienen un precio de compra accesible.

Así, –insisto– nos vemos en la penosa necesidad de distinguir al periodismo bueno del malo, cuando en la realidad tendríamos que hablar de un solo periodismo, el periodismo objetivo, preciso y veraz. El problema es que aventurarse a la empresa de cuestionar al llamado periodismo crítico, se torna inmediatamente en un ofensa, pues para la opinión pública tiene mayor peso construir un héroe o heroína del periodismo valiente y crítico, que de facto será intocable, a revisar si su propuesta informativa cumple con los elementos de objetividad, precisión y veracidad, o simplemente esconde detrás de la careta del periodismo crítico, un simple y frívolo periodismo amarillista de escándalo.

 

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