¿Qué entendemos por democratizar los medios?

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Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 23 de octubre de 2012, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

El pasado 11 de mayo como consecuencia de una protesta en contra del entonces candidato del PRI Enrique Peña Nieto en las inmediaciones de la Universidad Iberoamericana ciudad de México, surgió súbitamente un movimiento sui generis: el #YoSoy132. Este movimiento juvenil nació con una propuesta sólida y por demás pertinente: la democratización de los medios de masas.

La visión crítica de miles de jóvenes que viven más en el mundo de las nuevas tecnologías y no dependen tanto de la televisión, les permitió observar que el grueso de la población sólo se informa a través de la pantalla chica y que desafortunadamente los dueños de las concesiones televisivas han jugado un papel cómplice no sólo para imponer (como sucedió) un candidato en la silla presidencial, sino para deteriorar la capacidad racional de sus usuarios.

La idea de democratizar a los medios de masas fue bienvenida por un amplio sector de la sociedad porque era y es un hecho palpable y evidente que en México desde la televisión se puede fabricar cualquier tipo de sueño, incluido la construcción de un presidente de la República; no obstante, el tiempo, las pugnas intestinas del partido hegemónico y las infiltraciones políticas, lograron que el movimiento YoSoy132 desgastara su capital político al grado de prácticamente perder el rumbo y enviar a un segundo nivel la idea de la democratización.

El deseo de implementar soluciones expeditas tan necesarias en materia de medios de comunicación pronto se vio desarticulado porque –sospecho– no todos los integrantes del #YoSoy132 tienen muy claro qué se entiende por democratizar los medios. Algunos integrantes dicen que democratizar significa obligar a los medios a decir la verdad, otros argumentan que es un asunto donde deben caber todas las voces y opiniones, otros más hablan de cuestiones de ética y los menos expresan que se trata de no manipular la información.

Quizá sea prudente ir con calma. Para empezar lo primero que debemos poner sobre el debate es qué es lo que se está entendiendo por medios de comunicación. Recuerdo que recientemente participé en un seminario de Derecho a la Información organizado por los doctores Perla Gómez y Ernesto Villanueva en la UAM Cuajimalpa, donde se hablaba de los medios una y otra vez cuando en realidad toda la discusión giraba en torno a la televisión. Ante ello, considero prudente que definamos que no todos los medios están inmersos en la espiral de la imposición informativa, en la prensa escrita y en la oferta radiofónica encontramos voces y posiciones críticas que desde luego no ocurre en la televisión.

Así, quizá debamos fortalecer la noción de medios de comunicación haciendo dos distinciones, primero, medios no es igual a televisión, y segundo, la televisión debe/puede abordarse como empresa y como vehículo articulador de mensajes comunicativos. Si en la televisión es donde se aprecia más la falta de procesos democráticos, entonces la discusión debe centrarse en ella y de manera periférica en los medios que inciden en su acción. Así aligeramos la carga a la que sometemos a los medios en su conjunto. Además, si es la televisión que corresponde la “calidad” de sus contenidos a los intereses de sus dueños, entonces debemos observarla como empresa mercantil y no como instrumento de transferencia de información.

Por tanto, podemos partir de entender la primera parte de la discusión como: la televisión (empresa, no medio) responde a intereses específicos, y en consecuencia, no cumple de manera adecuada con su función social.
Después. Pedir que la televisión diga la verdad es como el conocido refrán de pedirle peras al olmo. La televisión tiene operaciones propias que la hacen un medio de alta penetración, pero ninguna de ellas es administrar la verdad. La noción de verdad si acaso (y con suerte lo logra) está en la ciencia. La televisión a lo más que llega es a intentar construir una realidad –endeble–, a partir de la exhibición de pequeños momentos de la realidad captada en una cámara.

Por otro lado, la pluralidad de voces y opiniones y la ética a la que se alude, en efecto se encuentra en el terreno de los códigos de ética que cada televisora quiera o no implementar (cosa que evidentemente no ha sucedido). Lo más cercano que existe en materia de regulación de contenidos, no responde a un tema ético sino jurídico, la ley añeja que contempla estos asuntos establece los parámetros de acción –legal– con respecto a lo que se puede y debe hacer en los contenidos televisivos; pero nada tiene que ver con componentes éticos. Quizá aquí se tiene el primer escenario donde se puede ir trabajando un código de ética elaborado por especialistas con el consentimiento de los ciudadanos y que sea aplicable a todos los canales de televisión.

Ahora bien, el asunto de manipular la información en la televisión, es un tema recurrente que las universidades que enseñan la materia no han sabido sortear de forma venturosa. Desde las aulas se ha impuesto la idea de que la manipulación es una acción negativa y perversa, cuando en realidad es lo que se enseña a lo largo de toda la preparación técnica, en periodismo se enseña a jerarquizar y dar orden a la información, en audio y video se enseña la edición y montaje con sus respectivos lenguajes y no se diga en el cine. Al final se está manipulando.

La referencia de manipulación –supongo– tiene que ver con la acción de la empresa televisiva de cargar la tinta a determinado suceso o información que quiera destacar, de ahí que en ese proceso editorial deja de lado lo que eventualmente podría ser lo sustantivo de la noticia, para perderse –con toda la intención– en nimiedades. Para enfrentar esto, es necesario dotar a los consumidores de televisión de mayor información para que sea capaz de contrastar la que recibe de la pantalla con otra.

He aquí el punto neurálgico de la democratización, dotar a través de la propia televisión de mayor información al televidente. Un reto que no se vislumbra fácil, sobre todo si observamos que las actuales televisoras están haciendo todo lo posible para evitar que arranque la era de la televisión digital y por tanto la creación de al menos dos cadenas nacionales más que serían los canales adecuados para proveer de información distinta al usuario. Sin embargo, a pesar de lo azaroso del panorama, el trabajo ciudadano y bien dirigido que pudieran tener los integrantes de #YoSoy132, podría tener buenos frutos si se comienza por establecer plataformas sólidas de entendimiento y un marco de acción debidamente delimitado, que impida broten las pasiones y lugares comunes que no aportan en nada a la discusión. La democracia debe ser el eje articulador entre calidad de contenidos y responsabilidad social.

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