La comunicación presidencial


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Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 5 de febrero de 2013, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

No cabe duda que los años dan experiencia y la experiencia sabiduría. El sexenio que recién inicia, tiene el componente de fecundas batallas en el terreno de la comunicación social; prácticamente, la mayoría de los modelos operativos de las oficinas de comunicación social a lo largo y ancho del país, fueron diseñados en la inagotable vida del PRI al frente de la administración pública y hoy comienzan a rendir significativos frutos en materia de tratamiento de información.

Si observamos con atención, el nuevo equipo de comunicación social de la presidencia de la República, encabezado por el economista David López Gutiérrez, no ha perdido el tiempo en definir los nuevos derroteros en materia de información. Si bien la violencia y la muerte que un día sí y otro también invadían los espacios informativos en el sexenio anterior, hoy con disimulo se ha diluido la información violenta para darle paso a otros temas.

Esto no quiere decir que la violencia y la guerra iniciada contra el crimen organizado haya terminado. Se trata simplemente que el trabajo de López Gutiérrez se ha enfocado a subir al espacio público los “otros” temas que desde antes han sido de interés para los ciudadanos. En ese sentido no se encuentra nada nuevo bajo el sol, simplemente se vuelve a jerarquizar la información al estilo de antaño.

El problema era fácil detectar. Durante el calderonato, todos los discursos contenían alusiones directas o indirectas al crimen; siempre una frase en forma de advertencia o bravuconería se destacaba como nota principal en los informativos. Paradójicamente, al final de sus discursos era el propio Calderón quien pedía que se dejara de hablar del tema. No había congruencia. Nada en materia de equidad informativa podía funcionar mientras el mandatario insistiera en cada discurso público hablar de sus fallidas hazañas belicosas.

Con Enrique Peña Nieto el contenido de la agenda mediática ha cambiado. Pero no se piense que el cambio ha sido favorecedor. En todo caso, el cambio es de matices y de formas, no de fondo. En realidad, la nueva estrategia de comunicación social ha puesto su centro gravitatorio en expresiones emotivas, esperanzas alcanzables y casi nada en propuestas concretas y/o potenciales. Insisto, la experiencia priista alude más al tratamiento cosmético de la información, creando la sensación de un México en donde todo es posible si se quiere, pero que no se indica cómo lograrlo.

Se da por sentado, que la llegada de Peña Nieto a la silla presidencial, fue producto del apoyo que recibió de la empresa televisiva más grande del país. Por más que se quiso ocultar la realidad, hay pruebas fiables que acreditan que el nuevo presidente de México fue construido de la misma forma que se construye la imagen de cualquier otro producto comercial que se promociona por la televisión. Así, es difícil creer que en los próximos seis años no habrá un nexo entre la estrategia mediática y la política de gobierno.

Si el PRI ha cambiado –como tanto se presume–, algunos medios de comunicación (que se han caracterizado por no ser sumisos a los designios del poder) estarán en posibilidades reales de ser críticos y vigilantes de las acciones de gobierno. Así, al igual que sucedió con Calderón que la prensa pronto descubrió que había desatado una guerra sin diagnóstico previo y por tanto sin estrategia, Enrique Peña Nieto puede correr el riesgo que los ciudadanos se cansen de las frases cargadas de emotividad y lugares comunes. Y de ser el caso, pronto veremos en las oficinas de comunicación social, la repartición de sobres discretos pero muy jugosos, para contener la crítica y alentar el buen trato mediático tal y como se hizo con gran éxito en los años gloriosos del PRI.

En resumen, los medios de comunicación y sus periodistas están frente a la disyuntiva de tomar el camino hacia un cambio de paradigma donde haya transparencia, honestidad y libertad de expresión real, o tomar nuevamente el camino andado de la corrupción, la simulación y el deterioro de la convivencia y justicia social.

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