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De las INSTANTÁNEAS SOBRE EL FIN DEL MUNDO

 

Tomado del Blog de  
 
Los que tenemos la fortuna de contar con una mujer en nuestras vidas entenderemos a la perfección el siguiente texto de Peporocho. Yo la tengo desde hace 14 años que mañana cumpliremos de feliz matrimonio ¡Gracias, Edné!
 
 
 
Despertar por la mañana y al entrar al baño encontrar una bonitas bragas de mujer colgadas de alguna de las llaves de la regadera es una de las sensaciones de pertenencia a una relación más fuerte que he tenido durante mi vida, y ciertamente también una de las costumbres femeninas que por alguna u otra razón no entiendo. Creo que nunca había reparado en dicha costumbre dentro de mi propio círculo familiar, sino hasta el día que al enfrentarlo directamente con alguna pareja me sentí marcado por ese sello de propiedad.
 
Un calzón recién lavado y húmedo fue la marca con la que una mujer se apropió de mi y después con el correr de los años las mujeres se apropiaron no sólo de mi, sino de mi espacio y de mi intimidad. El baño de un hombre no es más que eso: un baño. Si acaso podrá ser zona de lectura y bodega de rastrillos, desodorantes y gel de pelo. Cuando el baño empieza a compartirse con una mujer se transforma de baño a un cuarto más de la casa. Lo invaden las plantas, los adornos, miles de objetos de uso cotidiano para delinear ojos, labios, reafirmar lo reafirmable y reducir lo reducible. Se comienza a necesitar espacio para guardar muchas cosas extra, aparecen las toallas de múltiples tamaños y usos, toallas para la cara, para las manos, para el cuerpo, para los pies, para las orejas, junto con las toallas se multiplican los botes de líquidos extraños para el pelo, shampoo para cabello teñido, para cabello desteñido, para lacio, para chino y para no se que tantos tipos más de pelo, enjuagues con proteínas, acondicionadores con vitaminas, tratamientos para las puntas  en caliente, en frío y en tibio, en fin el espacio de baño se cuadruplica con la superficie de las cosas que comienza a contener. Al final de esta invasión del cuarto de baño se suma en la mayoría de los casos un pequeño pedazo de tela que viene a reafirmar la conquista. Una braga lavada y puesta a secar dentro de la regadera, cual bandera enarbolada por el nuevo imperio. Muchas han sido las explicaciones que las mujeres me han dado, que han ido de lo higiénico a lo metafórico, pasando por lo burdo, por la inconciencia del acto y por la pena y la consiguiente duda sobre si acaso dicho acto me molesta. Y definitivamente puedo argüir que no me molesta en lo absoluto. Es solo que ningún hombre se mete a lavar o prelavar sus calzones en la regadera. Sin embargo algún gen del pudor o de la pulcritud, activo aún en las mujeres, las impulsa a realizar ese acto maravilloso de dejar tangas colgadas a secar en los baños. Gracias a esta costumbre y cuando por descuido la cortina del baño ha quedado abierta, he podido conocer una variedad fascinante de ropa interior femenina que en muchos casos no hubiera conocido de ninguna otra manera. Calzones de colores, con dibujos, de encaje, bordados, microscópicos, sexys, de abuela, transparentosos, antojables, de hilo, matapasiones, viejitos, de algodón, de satín, lujosos, infantilones, lujuriosos, blancos pero todos, absolutamente todos, recién lavados. Alguna amiga cada vez que tenía visitas en su casa, cuando alguien preguntaba por el baño, rápidamente se levanta, no solo para indicar la dirección sino para revisar que no hubiera calzones que pudieran ser objeto de una mirada perdida y que esa parte de su intimidad no estuviera expuesta al ojo de cualquier desconocido. Sin embargo, cuando la confianza o el interés en alguien era el suficiente, ella le permitía ingresar a su baño sin esa inspección previa. Familias de matriarcados pueden ser la locura para algún hombre, ya sea hermano o padre, que odie esta costumbre. Imaginemos el grado de tendedero al cual se puede llegar dentro del baño cuando en casa viven tres hermanas, la madre y un solo hombre. Hay padres que odian esta costumbre de las hijas porque la ven como una exhibición indecente frente a sus amigos o frente al novio, como si exhibir un calzón fuera exhibir impúdicamente la intimidad, entonces ¿en donde queda el honor de la familia ante un calzón mojado colgado de la llave del agua caliente? Sobre todo cuando es el novio el que lo ve, ahí todo mojado e insinuante, como si muchas veces no lo hubiera visto ya caído frente a alguna cama en cualquier hotel de paso. Un calzón es un fetiche reconocido. Es un arma de ligue y por eso nos aventamos el calzón cuando nos gustamos. Por eso los niños gozan debajo de las escaleras de cualquier escuela al verle los calzones a las niñas o a las maestras. Nada como una mujer luciendo una tanga hermosa debajo de una falda sexy. Al mismo tiempo un calzón es la parte de la ropa que está más pegada al sexo, y por ende se convierte en la última barrera contra el deseo y la lujuria, así como contra la intemperie y los elementos naturales. Un pobre pedazo de tela destinado a cargar con la responsabilidad de ocultar y proteger. Un calzón colgado en la bañera se convierte en todas estas cosas, da la idea del cuerpo que lo porta, y por eso se vuelve un contacto intimo y sutil de convivencia entre hombres y mujeres, tanto que algunas veces ante la vista de una braga pendiendo habemos hombres que nos admiramos como frente al cuadro de un desnudo. Pero si los calzones no se hicieron para admirarse ¿porqué preocuparnos por decorarlos o hacerlos de colores? Así que una tanga colgada de la llave de un baño, siempre me dará la idea de calidez y del compartir en una relación de pareja. Nada como compartir la intimidad, aunque esta esté escurriendo de la llave del agua caliente en algún baño del mundo.
 

 

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