Tuitear no es gobernar

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Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 22 de abril de 2013, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

Prácticamente desde que se constituyó el Estado mexicano como hoy lo conocemos, la comunicación social ha tenido un lugar preponderante en la vida de los gobiernos. Los medios de comunicación han jugado un papel relevante en la construcción del diseño institucional de tal manera que hoy resulta natural observar la relación medios-gobierno como un binomio que da cauce al desarrollo democrático y al fortalecimiento de las instituciones.

Los ciudadanos, día con día esperamos encontrar en los contenidos mediáticos un registro del comportamiento de la élite política y de sus decisiones que conduzcan a un buen gobierno, nos interesamos en conocer cómo la clase empresarial balancea la política económica del país, y en ciertos momentos, hasta olvidamos que la farándula también es noticia. La ventana de conocimiento que ofrecen los medios de masas no se compara con prácticamente ninguna otra experiencia humana.

Quizá por esta razón, los gobernantes desde siempre han tenido un peculiar interés por tener a los medios de masas como aliados (o en el peor de los casos sometidos diestramente a sus causas) para que les brinden un reflector lo suficientemente luminoso que los haga brillar. Para los políticos, la única manera de evaluar positivamente su ejercicio público es mediante los índices de aceptación que consigan a través de los medios, y por ello, cifran su simpatía y carisma en “quedar bien” frente a ellos.

Así ocurrió por ejemplo con el presidente Miguel Alemán, quien como socio capitalista de la empresa Televisa siempre tuvo injerencia en la determinación de la línea editorial. Lo mismo pasó con el presidente Echeverría quien contuvo el desprestigio de su imagen (en el periodo de la guerrilla de Lucio Cabañas y la liga 23 de septiembre) haciéndose de la cadena de periódicos García Valseca, de la confianza de Juan Francisco Ealy Ortíz, desde entonces Director del periódico El Universal y de la cooperativa Excélsior que expulsó a su director Julio Scherer García y a un nutrido grupo de cooperativistas.

El ejemplo más reciente de la relación medios-gobierno (que se ha documentado prolíficamente en publicaciones especializadas en comunicación y medios) es la construcción de la imagen e idea política de Enrique Peña Nieto. Fieles a su historia, los medios activaron el binomio de poder que encumbró al actual presidente mexicano como un estadista de altas miras que pretende gobernar con la firme idea de transformar al país.

Sin embargo una cosa es reconocer el poder de penetración e influencia que puedan tener los medios de masas y otra cosa es utilizarlos estratégicamente; incluso si sumamos a ello la fuerza que han cobrado las redes sociales como twitter y facebook, que reproducen aceleradamente la información. De alguna manera los procesos civilizatorios de la sociedad, han obligado a que gobernantes y todo aquel miembro de las clases política y económica tenga una presencia moderadamente visible en medios; pero no todos saben cómo habitar en esos terrenos, y por esa razón, contratan a empresas o individuos que prometen manejar exitosamente su imagen, sus discursos y hasta su presencia en redes sociales.

Lamentablemente, el funcionario público descarga la responsabilidad de su trabajo entre quienes manejan su imagen, e irremediablemente obtiene resultados desastrosos. Por mucho que los medios –y sumo a las redes sociales– puedan construir una realidad a modo, no son la panacea de las malas decisiones de gobierno. Ya lo vimos con el propio Peña Nieto y su pifia en la feria internacional del libro en Guadalajara y recientemente en sesión solemne con gobernantes japoneses. Lo mismo le ocurrió al jefe de gobierno en la ciudad de México Miguel Ángel Mancera, quien al recibir un tuit de una actriz de la farándula solicitando su intervención en lo que fue un incidente vial, el mandatario (o quien maneja su cuenta en twitter) ni lerdo ni perezoso canalizó la ayuda instruyendo directamente al procurador capitalino a que atendiera dicho accidente vial.

Evidentemente, en el afán de dar respuesta pronta y expedita  a las solicitudes ciudadanas, el doctor Mancera se enredó en un brete que le valió ser cuestionado por cientos de usuarios de la red social por haber dado un trato privilegiado a la histrión. De ahí que él, como muchos otros gobernantes, deben tener muy claro cuál deberá ser el procedimiento para atender este tipo de auxilios ciudadanos, porque es muy distinto tener presencia mediática y hacerse el carismático ante la opinión pública a gobernar responsablemente.

Estar en medios de comunicación y en redes sociales, puede ser un arma de doble filo si no se sabe cuál es la dinámica de estas plataformas comunicativas. Por ello es importante que los gobernantes se capaciten en el uso de medios y redes sociales; pero sobre todo es importante que la clase política entienda que medios y redes son sólo son plataformas de salida y que en ningún momento pueden convertirse en acción de gobierno. Tuitear o salir “bonito” en la televisión no es sinónimo de gobernar bien. Comencemos por entender la diferencia.

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