Góngora y el interés periodístico

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Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente el 1 de junio de 2013, en la columna Intersticios de la revista  Razón y Palabra, Primera Revista Digital en Iberoamérica Especializada en Comunicología.

La actividad del periodismo surgió en el entramado de lo social como una forma de estabilizar las informaciones que se generan en el mundo para producir cierto sentido de credibilidad, provocando así, que las personas que consumen sus contenidos piensen que por la práctica responsable del periodismo se tiene o se alcanza la verdad, aun sabiendo que la noción de verdad no opera ni en los medios de masas ni en el periodismo, sólo en la ciencia.

El periodismo –de alguna manera– es un ingrediente fundamental de la sociedad moderna porque suponemos incide en los procesos democráticos bajo la distinción operación/credibilidad en aquello que produce la opinión pública. Sin embargo y a pesar de la modernidad, en México el periodismo sigue la impronta de aquellos periodistas y medios que son sumisos o aliados al poder y quienes ejercen un periodismo “libre e independiente”. En otros términos, seguimos en la era del periodismo de la vieja escuela versus el periodismo que ejercita una actividad informativa sin ataduras e ideologías políticas y económicas que permiten fundamentar las bases de un ejercicio periodístico neutro y sin condición.

En México se pueden contar varios casos de periodistas y medios que se han interpuesto a los excesos del poder y de la vieja escuela. Julio Scherer García primero en Excélsior y luego en Proceso, José Gutiérrez Vivó con Monitor, Paco Huerta y su Voz pública, Granados Chapa y suPlaza pública, entre muchos otros, dejaron atrás la práctica del embute y el sobre con dinero, para comprometerse en cuerpo y alma con su profesión y con el fortalecimiento de las estructuras democráticas del país.

No obstante, es importante dejar claro que este selecto grupo de periodistas libres o independientes, no están exentos de la crítica o señalamiento; porque si bien –suponemos– su trabajo siempre estará en los márgenes del interés periodístico, su condición humana los hace propensos a cometer uno que otro o varios errores.

Es el caso reciente de la periodista Carmen Aristegui. Es cierto que su periodismo serio y profesional ha sido reconocido a nivel internacional y no hay duda (al menos para quien esto escribe) que su trabajo es imprescindible en el escenario mediático; sin embargo, en el ímpetu de querer ganar la noticia o ir a fondo en una historia, se corre el riesgo de traspasar la frontera que divide el periodismo minucioso del periodismo de escándalo.

Hacia finales del mes de mayo, la aguda periodista dio a conocer lo que informativamente podríamos llamar una bomba: el ex ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Genaro Góngora Pimentel, se vio envuelto en un conflicto familiar donde “según los dichos de una de las partes” no sólo negó una pensión alimenticia a sus hijos, sino además, “se sospecha” hizo uso de sus influencias para encarcelar a la madre de sus hijos. (Alerto: las comillas son porque no somos jueces que pudiéramos aseverar dicha acción.)

Hasta ahí, podríamos pensar que el asunto da para creer que en –toda– la historia hay suficiente sustancia periodística; aunque en realidad, lo periodístico sólo se encuentra en lo relacionado al tráfico de influencias y en las probables acciones fuera de la ley que como funcionario público (en funciones) haya cometido el ministro, y no así en la información de carácter privado.Captura de pantalla 2013-07-10 a la(s) 11.41.14

En la investigación que hizo el equipo de la periodista Aristegui se dio a conocer información (para mi gusto de carácter privado) como el monto del cheque expedido para la compra de una casa, la enfermedad de los hijos del ministro, el estatus socioeconómico de la familia de la madre, los montos de las pensiones alimenticias, o la forma en que legalmente el exministro se refiere a sus hijos. Cabe precisar que si bien los procesos judiciales se llevan a cabo en instancias públicas, esto no quiere decir que la información también lo sea, sólo hasta que llegan a la sentencia y sólo la sentencia tiene carácter público, el resto no. La propia ley protege la privacidad de las personas.

El ingrediente (llamémosle) humano, evidentemente despierta respuestas (la mayoría negativas) hacia un personaje (que en su momento fue la máxima figura de la Corte) que encarcela y desprecia a su expareja y provoca un daño mayúsculo separando a sus hijos de su madre…  desde luego esto es absolutamente reprobable si lo vemos desde el terreno de la moral, pero ¿dónde está lo periodístico?, es decir, si esa fuera la medida de la información, literalmente los programas informativos no se darían abasto con las miles de historias de padres y madres despiadados que irresponsablemente procrean hijos y luego los maltratan; y no sólo ello, faltaría el resto de las historias que han trastocado el tejido social como la desaparición de personas, la drogadicción, la violencia, etc. Desde luego por ahí no es el asunto.

Asumo la idea que estos temas deben abordarse desde el terreno de lo realmente periodístico y no desde el escándalo. El problema es ¿cómo identificar un terreno y otro? En un breve diálogo que sostuve (vía twitter) con el periodista Daniel Lizárraga, integrante del equipo de investigación de Carmen Aristegui, sugerí que no perdieran las coordenadas de la sustancia periodística, a lo que me respondió: “hacemos lo posible pero sin contexto sin historia se pierde Sentido”. La sucinta respuesta me lleva a dos reflexiones:

1. La tradición del ejercicio periodístico persiste en ubicar y reconocer alperiodista/individuo (hablo en genérico no me refiero a Lizárraga) como determinante en la generación de sentido (autónomo), aunque en la realidad, esa función sea propia y única de los medios de masas cuando estos operan en lo social y están por encima de las decisiones de los sistemas de conciencia (individuos).

2. Existe una enorme dificultad para distinguir la información útil para informar, de la información útil para provocar escándalo. Se le impone un valor agregado a la información del entorno cuando la sustancia se encuentra al interior del hecho mismo. Al final se piensa que toda información es útil, sin darnos cuenta que las miles de informaciones que se generan día con día, lo mismo operan en la noticias, que en la publicidad o incluso en el entretenimiento.

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