¿La culpa es de la naturaleza?

inundaciones

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la columna MéxicoPolíticoen la edición Voces del The Huffington Post el 25 de septiembre de 2013.

Desde las primeras noticias que la televisión dio a conocer sobre las afectaciones en más de la mitad del territorio mexicano, provocadas por los fenómenos meteorológicos Ingrid yManuel, no se ha cesado en sostener la idea que la magnitud de la devastación se debe a la insospechada fuerza de la naturaleza, que a la fecha ha cobrado la vida de decenas de personas, ha generado cientos de damnificados y miles de millones de pesos en perdidas económicas.

Sin embargo hoy se sabe que la tragedia pudo evitarse. La información que emitió el Servicio Meteorológico Nacional las primeras horas del 14 de septiembre, advertía puntualmente sobre la formación de la tormenta tropical Ingrid en las costas del Golfo de México y de la posible transición de depresión a tormenta tropical de Manuel, en el Pacífico. Se preveía que ambos fenómenos dejarían un caudal de agua incalculable. Pero como ya ha ocurrido en otros desastres naturales, las autoridades federales y estatales prefirieron cumplir con caprichos y extravagancias políticas que con su vocación de servicio y gobierno.

Las fuerzas armadas, por órdenes de su jefe supremo, el presidente de la República, mantuvieron a médicos, enfermeras, rescatistas, y soldados en general, acuartelados en la ciudad de México para cumplir la mañana del 16 de septiembre con las festividades del desfile militar. Pese a que para esos momentos era imposible contener la cantidad de agua de lluvia en ríos, lagos, lagunas y presas ubicadas principalmente en los estados de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, nadie tuvo la sensatez e inteligencia de alertar a la población sobre la necesidad de evacuar inmediatamente sus hogares. La fiesta, el besamanos, los abrazos, las viandas y los licores, fueron más importantes que la suerte de apenas unos cientos de mexicanos que literalmente de la noche a la mañana lo perdieron absolutamente todo.

¿Quién tiene la culpa que este tipo de fenómenos naturales provoquen tanta devastación?, ¿las autoridades por su inacción y omisión?, ¿los pobladores por asentarse en lugares no aptos para el desarrollo urbano?, ¿ambos?, ¿o simplemente es culpa de la naturaleza?

Para ser precisos, la naturaleza es la que menos tiene que ver. En realidad, las devastaciones y su considerable cuota de damnificados son producto de nuestra enquistada cultura de la corrupción. Porque para evitar cosechar tragedias lo mejor es no sembrarlas; es decir, no debiera permitirse los asentamientos al pie de las cuenca de una cañada, o en las cercanías bajas de una presa, etc. Se debería impedir desde un principio que no haya este tipo de asentamientos irregulares; pero lamentablemente, insisto, la corrupción está tan incrustada en la vida política del país, que sabemos muchos de esos asentamientos fueron prebendas obtenidas por organizaciones políticas de todos los colores a cambio de un voto electoral. Sólo en México ocurre que se puede electrificar, pavimentar, comunicar y en general proveer de servicios públicos el lugar más inhóspito e inimaginable del país. Todo a cambio de un voto.

El diseño institucional del actual sistema político mexicano, definió desde un inicio, que la modernidad pendiera de las relaciones clientelares y de permanencia de la pobreza generada a lo largo y ancho del país. Los programas de asistencia social hoy llamados de “desarrollo”, no tienen como fin último combatir la pobreza y la falta de oportunidades, al contrario, su misión es lograr que la pobreza persista para que siempre -sexenio tras sexenio- haya un recurso público que destinar; y con ello, siempre haya funcionarios y políticos que se enriquezcan con los fondos públicos “etiquetados” para ayudar.

En ese sentido, no hay nada más propicio y benéfico para un gobierno corrupto que un desastre natural, porque en principio es sin duda, la oportunidad de aparecer en televisión y periódicos retratados con los damnificados prometiéndoles ayuda inmediata. Así lo hemos visto con Enrique Peña Nieto que visita a los damnificados en mangas de camisa, se moja un poco los zapatos y promete reponer los bienes materiales perdidos. De igual forma hemos visto al gobernado de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, concediendo entrevistas a la televisión con el agua llegándole prácticamente al pecho. Por supuesto esas imágenes proyectan una imagen pública positiva que fortalece la trayectoria política de los funcionarios, aunque en la realidad no resuelven el problema de fondo, los discursos, los abrazos y las promesas no dan de comer, ni son un techo donde dormir.

Pero no sólo es un asunto de imagen, los desastres naturales abren la puerta de la jugosa arca de recursos públicos etiquetados año con año para solventar las perdidas provocadas por los fenómenos naturales. Y el problema precisamente está en que no hay un sistema que garantice que dichos fondos sean ocupados en la reconstrucción de comunidades devastadas. De por sí se sabe que en ocasiones las donaciones ciudadanas de despensas, medicamentos, ropa, etc., son robadas y luego vendidas a los damnificados; la situación se agrava aún más cuando se trata de recursos públicos que difícilmente pueden fiscalizarse y por tanto pueden repartirse sin reserva.

Lamentablemente así opera el gobierno mexicano ante las desgracias de la naturaleza. Y por eso cada año descubrimos más y más asentamientos humanos ubicados en zonas de peligro. Las familias que se ubican en zonas de riesgo, son víctimas de su propia ignorancia y pobreza, y al final, les hace más daño prestarse a la corrupción del gobierno que ilegalmente les provee de servicios para mantenerlos cautivos como clientes electorales obligándoles a vivir en una permanente riesgo, que los efectos que pueda causar cualquier fenómeno de la naturaleza.

Nota al margen:
La controvertida presentadora de televisión Laura Bozzo ocupó un helicóptero del gobierno del Estado de México para escenificar un rescate en las zonas devastadas. La opinión pública ha reprobado dicha acción y le recrimina a la conductora que use la tragedia para elevar los niveles de audiencia de su programa televisivo. Quien esto escribe está convencido que ella simplemente hizo lo que saber hacer: lucrar con la dignidad de las personas. El problema de fondo es, ¿quién autorizó el préstamo del helicóptero y con qué justificación?

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