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10 preguntas de Cuarón a EPN sobre la reforma energética

alfonso_cuaron_0*Publicado originalmente en http://www.diezpreguntas.com

Licenciado Enrique Peña Nieto

Presidente de los Estados Unidos Mexicanos

Presente

Ante todo le agradezco sus mensajes de felicitación por el éxito y los reconocimientos otorgados a mi película Gravity.

Quiero también aprovechar la ocasión para plantearle una preocupación que comparto, estoy seguro, con muchos mexicanos.
Me refiero a la reforma energética.

Al ser entrevistado por León Krauze el 26 de febrero, usted afirmó que yo no estaba bien informado sobre la reforma energética en nuestro país.

Y agregó usted: …en México no han faltado los grupos que en oposición a estas reformas han generado desinformación y de ahí que algunos lleguen a comprar (estos argumentos) o, con no suficiente información, simplemente no conozcan el alcance y el sentido de las reformas.

Mi falta de información no es atribuible a grupos en oposición que han generado desinformación. La razón es más simple: el proceso legislativo y democrático de estas reformas fue pobre y careció de una discusión profunda, y la difusión de sus contenidos se dio en el contexto de una campaña propagandística que evadió el debate público. No estoy informado porque el gobierno que usted encabeza no ha compartido conmigo –con nosotros, los mexicanos– elementos indispensables para entender el alcance y el sentido de las reformas.

Dice usted en la misma entrevista que …las reformas son reconocidas en el mundo porque saben que la instrumentación de estas reformas permitirán que México crezca económicamente y tenga mejores condiciones sociales. Ese argumento no me sorprende pero tampoco me convence. Es natural que una reforma energética (en un país que ha tenido esos bienes nacionalizados) cause regocijo en los mercados, pero es ingenuo pensar que el fondo de este reconocimiento sea el crecimiento de nuestro país. Y no me mal entienda: celebro el júbilo de medio mundo siempre y cuando el principal beneficiado –económica y socialmente– sea mi país, sus ciudadanos y que su medio ambiente sea respetado a cabalidad.

La Reforma Energética y petrolera es la más profunda y trascendente que México ha tenido en décadas. Simple y sencillamente se ha cambiado el paradigma del desarrollo nacional. En el entendimiento de que el Congreso está por recibir su iniciativa sobre las leyes secundarias a esta reforma, me permito pedir a usted que nos informe sobre el sentido y alcance de la reforma. No lo hago como experto pero sí como un ciudadano preocupado por el destino en México. Y lo hago desde la más absoluta independencia política.

Sé que se trata de un tema vasto. Por eso he formulado 10 preguntas cuyas respuestas podrían disipar algunas dudas sobre la reforma.

1 ¿Cuándo bajarán los precios del gas, gasolina, combustóleo y energía eléctrica? ¿Qué otros beneficios tangibles se esperan de la Reforma? ¿Cuál es el cronograma de esos beneficios?

2 ¿Qué afectaciones específicas habrá al medio ambiente con prácticas de explotación masiva? ¿Qué medidas se tomarán para protegerlo y quién asumirá la responsabilidad en caso de derrames o desastres?

3 Los hidrocarburos son recursos no renovables y su impacto en el medio ambiente es enorme. ¿Existen planes para desarrollar tecnologías e infraestructuras de energía alternativa en nuestro país?

4 De la reforma aprobada derivarán contratos multimillonarios. En un país con un estado de derecho tan endeble (y muchas veces inexistente) como el nuestro, ¿cómo podrán evitarse fenómenos de corrupción a gran escala?

5 Las trasnacionales petroleras en el mundo tienen tanto poder como muchos gobiernos. ¿Qué medidas se tomarán para evitar que el proceso democrático de nuestro país quede atrapado por financiamientos ilícitos y otras presiones de los grandes intereses?

6 ¿Con qué herramientas regulatorias cuenta el gobierno mexicano para evitar que se impongan las prácticas de depredación que puedan cometer las empresas privadas que participarán en el sector?

7 ¿Cómo asegurar que la reforma incremente la productividad de Pemex si no se enfrenta el problema de la corrupción dentro del sindicato?

8 Si Pemex aportó durante 70 años más de la mitad del presupuesto federal (con el que se construyó la infraestructua nacional, se sostuvo la educación y los servicios de salud gratuitos), ahora que el aporte del petróleo no irá directamente de Pemex a las arcas, ¿cómo se cubrirá dicho presupuesto?

9 ¿Cómo asegurar que las utilidades no se canalicen a la expansión de la burocracia sino que lleguen al propietario original de esos recursos, que es el pueblo mexicano?

10 Dos experiencias desastrosas permanecen en la memoria de los mexicanos: la quiebra de 1982 (luego del dispendio, la ineptitud y la corrupción que caracterizó el manejo de la riqueza petrolera de los años 70) y las reformas discrecionales y opacas de tiempos de Salinas de Gortari, buenas para las manos privadas pero dudosas para los consumidores.

¿Qué nos garantiza que esas experiencias, que han ahondado los abismos sociales, no se repitan? Usted y su partido cargan con la responsabilidad histórica de estas reformas. ¿Cree realmente que el Estado mexicano tiene los instrumentos para llevarlas a cabo con eficacia, sentido social y transparencia?

Le agradezco la atención a esta carta.

Quedo, junto con muchos mexicanos, en espera de su respuesta.

Respetuosamente,

Alfonso Cuarón.

Izquierdosidades

Fotografía: Camila Vallejo, diputada del Partido Comunista chileno.

Fotografía: Camila Vallejo, diputada del Partido Comunista chileno.

Del Blog Cuadernos de la ira de Jorge Muzam (Escritor)

Cambio del timón político en Chile. Vuelve la surrealista alianza de socialistas, demócrata cristianos y comunistas. La misma que derrotó en las urnas a Pinochet el 88 y 89. Poco antes de irse, Piñera se las da de niño símbolo de la simpatía repartiendo besos y apretones de manos entre sus simpatizantes. Y les deja en claro que volverá al menos a presentarse a la próxima elección. Desde un poco más lejos, la verdadera multitud le grita: “¡Piñera, escucha, ándate a la chucha”! Tras entregar el mando se va manejando su propio auto junto a su esposa, como el ciudadano común que desea representar. Pero el show del ciudadano Piñera dura hasta donde lo alcanzan las cámaras. Luego, al doblar la esquina, vuelve a ser el poderoso magnate muy bien escoltado.
Michelle Bachelet, ya investida como presidenta, pronuncia un discurso breve y desaliñado ante una multitud reducida. Hay menos entusiasmo, menos pompa, menos encono, como si fuera un traspaso de delegados de un colegio secundario. Los grandes empresarios, habitualmente alaracos, prepotentes y llorones ante todo lo que huela a izquierdosidades, esta vez parecen resignados y hasta conformes. Confían en Bachelet, pues saben que no les tocará el bolsillo más allá del discurso.
Primer día en el congreso. Los parlamentarios nuevos parecen colegiales en su primer día de clases. La camada comunista es la más entusiasta, la más disciplinada, la más pequeña y la más temida. Dos bellezas, a su pesar, se roban la atención de la prensa, Camila Vallejo y Karol Cariola, pues ni siquiera los analistas que se juran serios lo pueden pasar por alto, todos quedan boquiabiertos ante esas dos muñecas marxistas. Sonrientes, carismáticas, preparadas como nadie para la batalla ideológica. Cerca de ellas, la otra conformación de la izquierda dura, con los ex dirigentes universitarios, Giorgio Jackson y Gabriel Boric. Este último desata un huracán de quejas entre los tontos graves de la república. Y sólo por no asistir con corbata. Así estamos de pendejos. Gastando tiempo y recursos fiscales en alegar por una corbata.
Mientras tanto, los cuervos de la derecha miran con sardónico nerviosismo desde su hemiciclo parlamentario. Salieron chamuscados de la última elección presidencial y parlamentaria, y aún no recomponen filas. Parecen hermanos peleados por un juguete despedazado a tirones.

Robert Dahl

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Robert Dahl

Este artículo lo publicó la doctora Soledad Loaeza en el periódico La Jornada el 27 de febrero de 2014.

El pasado 5 de febrero murió Robert Dahl, a los 99 años. Fue un influyente politólogo estadunidense cuyas reflexiones y análisis del poder y la democracia han guiado, desde finales del siglo XX, la comprensión de estos fenómenos –aunque no siempre de manera explícita–, y han inspirado a muchas generaciones de estudiosos de la política. De la influencia de Dahl sobre la práctica democrática actual podemos decir lo mismo que el burgués gentilhombre de Molière exclamó en admiración de sí mismo, cuando le explicaron la diferencia entre el verso y la prosa: “¡Ah! ¡Entonces llevo años hablando en prosa!” Nosotros llevamos años discutiendo la democracia en los términos de Dahl, el teórico de la poliarquía y del pluralismo, sin citarlo. Fue profesor en la Universidad Yale, donde obtuvo su doctorado en 1940. Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que participó, como correspondía a su generación, regresó a su universidad, donde desarrolló una carrera docente y de investigación que es un modelo para quien quiera ser un buen académico. Vale la pena subrayar que era un maestro generoso y considerado, que se ocupaba mucho de sus estudiantes, con cuya formación se sentía íntimamente comprometido.

A Dahl le debemos el planteamiento de la naturaleza del poder que fue en su momento, principios de los años 60, el más sencillo y sugerente de los que ofrecían los libros de ciencia política de la época: El poder consiste en que A logre que B haga lo que A quiere, que de otra manera B no habría hecho. Esta definición amplia no se refiere sólo al poder político, pero quizá lo más importante es también lo más obvio: Dahl subraya el carácter del poder como una relación. El poder no es tal en el vacío, sólo se ejerce en la interacción entre dos o más personas, o entre una institución y una persona o un grupo de individuos, o entre instituciones.

El primer gran libro de Dahl fue ¿Quién gobierna?, en el que describe y explica el ayuntamiento de New Haven, Connecticut, cuyo funcionamiento observó y analizó cuidadosamente, primero, para responder a las críticas de su colega, el sociólogo C. Wright Mills, que sostenía que Estados Unidos estaba gobernado por una reducida élite; en segundo lugar, a partir de sus observaciones formuló un esquema de análisis del poder que es actualmente dominante, que entiende la democracia ya no como el triunfo de la mayoría, sino como la competencia entre diferentes grupos de interés que representan la diversidad de la sociedad. A la perspectiva de Jean-Jacques Rousseau opone la de Alexis de Tocqueville, para quien la clave de La democracia en América era el gobierno local, y la dispersión del poder que representaba la diversidad de actores políticos que intervenían en ese gobierno y que eran, a su vez, representativos de la pluralidad social. Al principio roussauniano de la democracia mayoritaria oponía el principio de la democracia pluralista, que da cabida a las minorías. Un espacio que, en cambio, les niega la fórmula mayoritaria.

Dahl es el teórico de esta versión de la democracia que desde finales del siglo XX se impuso como una forma de organización de la representación y de la participación, preferible a la fórmula mayoritaria. Para entonces ésta ya había demostrado que era portadora de la tentación autoritaria, que puede permanecer larvada, o materializarse en la vida y las instituciones hasta destruir la democracia misma.

Tuve la suerte de conocer a Dahl en 1985, o era tal vez 1986. Vino a México invitado por Manuel Camacho, a quien entonces le preocupaba el gobierno de una ciudad que había sido violentamente sacudida física y mentalmente por los sismos de septiembre, y que tenía una larga historia de pasividad, interrumpida por algunos episodios excepcionales de movilización, como el movimiento estudiantil de 1968. Los sismos habían puesto a la ciudad prácticamente en pie de guerra. En estas circunstancias era imperativo encontrar para la capital del país una forma de gobierno que la estabilizara. Nadie creía que fuera posible mantener el esquema vigente de la regencia, que era por completo insuficiente –nadie lo propuso–. La discusión en esa reunión versó sobre intereses fragmentados, fórmulas de gobierno, posibilidades de cambio. Dahl escuchó con atención, y nos repasó las lecciones del ¿Quién gobierna? Recuerdo que para los presentes fue muy atractiva la propuesta pluralista que reconocía el entramado de grupos que sostiene la organización extragubernamental de la ciudad. Creo que fue la fórmula a la que recurrió Camacho cuando gobernó el Distrito Federal.

Me pregunto si casi dos décadas de gobierno del PRD no nos habrán hecho olvidar las lecciones de Dahl.

– See more at: http://www.jornada.unam.mx/archivo_opinion/index.php/autor/front/57/40268#sthash.MfGUEc2F.dpuf

Saving Mexico

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  • It’s the hot new emerging market. But can President PeñaNieto and his team of reformers really turn their countryaround?

Michael Crowley / Mexico City

Mexico’s New Mission

At 9 o’clock on a February night, Mexican President Enrique Peña Nieto was still working inside Los Pinos, his official Mexico City residence, where camouflaged soldiers with assault rifles stood guard outside. For the 47-year-old President, it was a reminder that the presidency is a deadly serious business–especially at this pivotal moment in Mexican history.

Five years ago, drug violence was exploding, the Mexican economy was reeling, and a Pentagon report likened the Aztec nation to the terrorist-infested basket case Pakistan, saying both were at risk of “rapid and sudden collapse.” As Barack Obama prepared to take office in 2008, one of his senior foreign policy advisers privately nominated Mexico the most underappreciated problem facing the new U.S. Administration.

Now the alarms are being replaced with applause. After one year in office, Peña Nieto has passed the most ambitious package of social, political and economic reforms in memory. Global economic forces, too, have shifted in his country’s direction. Throw in the opening of Mexico’s oil reserves to foreign investment for the first time in 75 years, and smart money has begun to bet on peso power. “In the Wall Street investment community, I’d say that Mexico is by far the favorite nation just now,” says Ruchir Sharma, head of emerging markets at Morgan Stanley. “It’s gone from a country people had sort of given up on to becoming the favorite.”

Want proof? On Feb. 5, Mexico’s government bonds earned an A– rating for the first time in history when Moody’s revised its assessment of the country’s prospects, ranking it higher than Brazil, the onetime darling of international investors, and making it only the second Latin American nation after Chile to get an A.

“I believe the conditions are very favorable for Mexico to grow,” Peña Nieto told TIME in an interview at the Los Pinos compound. “I’m very optimistic.”

He’ll share that optimism with Obama when the U.S. President arrives in Mexico for a North American leaders summit on Feb. 19. Obama will likely nod in approval: a booming Mexico–integrated with the U.S. economy in myriad ways–would put wind in the sails of U.S. economic growth and further reduce an already declining flow of immigrants illegally crossing the shared 1,933-mile (3,110 km) border.

 But “Mexico’s moment,” as many are calling it, could still disappoint. Corruption and mismanagement are endemic to Mexican politics. Some of Peña Nieto’s reforms are engendering fierce resistance. And drug trafficking, with its related crime and violence, remains a defining fact. After his interview with TIME, Peña Nieto went straight into a meeting to plan his trip the next day to Michoacán, a nearby state where vigilante groups have formed to fight drug bosses who have seized control of their towns.

Officials and experts in both Mexico and the U.S. describe a country at a pivot point. “This is dramatically different from what we’ve seen before,” says Gordon Wood, director of the Mexico Institute at the Wilson Center. “I reserve judgment for the time being on whether this is all going to work out.”

A New Generation

Peña Nieto casts himself as a fresh, young reformer. But he is also a product of the ruling elite that helped lead Mexico to the brink of ruin. His uncle and godfather were both governors of the state of Mexico, a position he assumed in 2005 when he was 38. He is a member of the Institutional Revolutionary Party (PRI), which ruled Mexico for 71 years–often with the help of election results widely considered fraudulent–until it was knocked out of power in 2000. Peña Nieto revived the PRI’s fortunes by promising bold and tangible results to a country largely resigned to corruption and stasis. “Between 2000 and 2012, the opposition parties deliberately blocked major reforms that were necessary,” says Wood. Peña Nieto promised to overhaul the state-run energy sector and the tax system and contain the drug war’s savagery.

Adding a glow to the ambitious promises were the candidate’s famous aesthetics: Peña Nieto’s rallies were sometimes charged with subtle sexual energy. Or not so subtle: “Peña Nieto, bombón, te quiero en mi colchón” (“Peña Nieto, sweetie, I want you in my bed”), women would chant.

Peña Nieto’s opponents did their best to turn this against him by tagging him as a shallow pretty boy. They were particularly gleeful when, during an appearance at a Guadalajara book fair, he struggled to name three books that had shaped his life (“and that’s spotting him the Bible,” says a former U.S. official with a chuckle).

Eventually, in a three-way race in the summer of 2012, Peña Nieto won just 38% of the vote–hardly a mandate for generational change. The secret to his recent success lies in the way he then built a powerful legislative coalition. After meeting secretly with the two leading opposition parties, he struck the kind of legislative grand bargain that has eluded his counterpart across the northern border. The resulting Pacto por México gave liberals higher taxes on the wealthy and conservatives an end to Mexico’s ban on the re-election of politicians, while Peña Nieto won support for a raft of other reforms, including opening up the country’s oil monopoly.

Even after the deal was announced, jaded observers doubted that Mexico’s political system could deliver. But whatever he may lack in literary erudition, Peña Nieto compensates for in political prowess. He is assisted by a group of young technocrats, many with advanced degrees from outside Mexico, who together put a decidedly more modern face on a very old and very distrusted PRI machine. Among them are the President’s longtime top adviser and now Finance Minister, Luis Videgaray Caso, a 45-year-old economist with an MIT doctorate, and Emilio Lozoya Austin, the new 39-year-old chief of the state oil company, Pemex, who holds a Harvard master’s degree. Running the powerful Interior Ministry is 49-year-old Miguel Angel Osorio Chong, Mexico’s new point man on the drug war. All of them met with TIME in Mexico City recently.

Sitting in a personal office near a bright red phone that connects him directly to the President, Videgaray says talk that he is the true mastermind behind Peña Nieto’s reforms is “not at all the reality.” Instead, he says, “the time was right. Mexico needed fundamental changes.”

New Politics of Oil

 “Traitors! traitors!” came the shouts from inside Mexico’s Congress on Dec. 12. Opponents of a measure allowing foreign investment in Mexico’s oil sector had barricaded and padlocked the lower house of Congress, forcing the debate into a nearby auditorium. One legislator stripped down to a pair of black underpants as he railed at the lectern about the stripping of his nation.

The passion stems from the politically charged history of oil in Mexico, which holds the world’s 11th largest reserves, right behind Brazil in the western hemisphere. A large monument and fountain near the center of Mexico City commemorate the day in 1938 that President Lázaro Cárdenas, fed up with American and British oil companies’ siphoning profits away from Mexican soil, declared that Mexico’s oil belonged to its people and could not be owned by foreigners. Mexico celebrates the nationalization of its oil with a civic holiday every March 18.

But national pride meant that Mexico missed out on the global energy boom. While oil prices have roughly quadrupled over the past decade, enriching big producers, Mexican oil production dropped by 25%, thanks to the sclerotic federal oil enterprise, Pemex, which lacks the capital and expertise to tap the country’s reserves. “They’ve recognized that the government monopolies have stopped working and that they have fallen behind in taking advantage of what entrepreneurship and private capital can do,” says Ed Morse, head of global commodities research at Citibank. Meanwhile, a U.S. oil-production boom has reduced Mexican petroleum exports to the lower 48 states, forcing Mexico to look elsewhere for markets.

Under the new law, foreigners will again be able to explore for oil in Mexico and extract Mexican crude for profit, even if the oil technically still belongs to the people–a point Peña Nieto is careful to underscore. “The world has changed, and especially the energy sector has changed,” he says, rebutting the suggestion that he has allowed his country to be stripped to its skivvies. “The state does not compromise in its view that the property continues to be owned by Mexico. It belongs to all Mexicans.”

For all its drama, the oil reform might not even be Peña Nieto’s most important victory. In fact, the uproar against his education reform was even more intense than the battle over oil. A law overhauling Mexico’s absurdly deficient public-education system–in which teaching jobs are handed down through generations and are sometimes even sold–enraged the powerful teachers’ union, whose members paralyzed central Mexico City with mass street demonstrations last September.

There’s also evidence that Peña Nieto will challenge Mexico’s entrenched powers. Last year he ordered the arrest of the longtime and powerful leader of the teachers’ union on charges of embezzling millions in union funds. And some observers say his telecom-reform plan doesn’t please telecom mogul Carlos Slim, the country’s richest man.

Factor in a law that rejiggers the tax code and an end to single-term limits for all federal politicians, and you have what might be the most productive legislative session anywhere in recent history. “You have to give them extraordinary marks for both political instinct and management of the process,” says Tony Garza, a U.S. ambassador to Mexico under George W. Bush.

Credit Peña Nieto with good timing too. Rising labor costs in China have made Mexican wages cheaper by comparison, reversing a dynamic that held for most of the 2000s. Meanwhile, a slowdown has dampened foreign enthusiasm for Brazil’s economy, making Mexico look more appealing. Even Peña Nieto’s critics don’t deny that he has delivered changes that could transform Mexico’s economy. “The question,” says Manuel Camacho Solís, a member of the Mexican Senate, “is whether that will create the outcome they want.”

Camacho is suspicious that Peña Nieto’s agenda seems to be a bigger hit in Davos than in Xico. “Investors applaud. Newspapers outside the country applaud. So why does the image of the President keep falling?” asks Camacho, noting that Peña Nieto’s poll numbers have fallen several points below 50%. (Some trace the poll slump to a recent pause in economic growth that economists call temporary.)

In a country rife with corruption, rapid growth is more likely to produce oligarchy than broad prosperity, Camacho warns. He says Peña Nieto must act on his pledges to combat corruption, though he doubts that will happen: “If we don’t have the political will, then the outcome will not be Norway. It will be Yeltsin’s Russia.”

A Path to Modernity?

 Even Yeltsin’s Russia didn’t have the sort of sociopathic gangsters who plague Mexico today–and who threaten to stunt its potential. Drug smuggling boomed in the country in the late 1990s after a U.S.-led crackdown largely choked off Caribbean smuggling routes and forced traffickers to find new ones through Central America. Extreme violence followed as cartels vied for business and turf. In 2009, Mexican police captured a drug-world figure who could have been devised by the creators of Breaking Bad: dubbed the Stewmaker, he allegedly disposed of some 300 dead bodies by dissolving them in acid. The symbolic nadir may have come the night in 2006 when patrons at a Michoacán nightclub looked down to see five severed heads rolling across the dance floor.

Later that year, Peña Nieto’s predecessor, Felipe Calder*n, launched a massive crackdown on the cartels and a campaign to end drug trafficking. Bush and Obama backed up 50,000 Mexican army troops with over a billion dollars in funding, military equipment and surveillance drones. But apart from headlines touting the arrests of various kingpins, the effort produced little but more violence. Since the start of the Calder*n offensive, the drug war has claimed more than 60,000 Mexican lives.

Peña Nieto promised to tackle the violence. But once in power he seemed to de-emphasize the drug war. U.S. officials worry that drug lords understand that the pressure will ease on their trafficking so long as the heads–so to speak–stop rolling. “The government’s messaging outside the country is about changing the conversation from the cartels to Mexico’s economic potential,” says Wood.

Chong insists otherwise. “We are not mixing security with politics,” says the Interior Minister, who, it may be worth noting, has a political background as a former governor of the Mexican state of Hidalgo. Speaking from his private office–the better to avoid a part of town paralyzed by street protests–he adds that the drug fight has been focused by centralization of authority under his control and that his government has captured some prominent drug lords, including the sadistic leader of the Zetas cartel, Miguel Ángel Treviño Morales, in July 2013.

Skeptics scoff at this sunny narrative. Murders have slowed in some areas, but other crimes have spiked. In late January, the President unveiled a new initiative to combat a recent epidemic of secuestro, as kidnapping for ransom is known.

And then there is the crisis in Michoacán, where the emergence of armed vigilante groups is a disturbing echo of Colombia’s descent into a kind of low-grade civil war in the 1980s. “Nobody knows who the hell these people are–whether they are honest, bona fide vigilante groups or whether it’s one cartel fighting another,” says Jorge Castañeda, former Mexican Foreign Minister.

“What’s happening in Michoacán is really worrisome,” says Shannon O’Neil of the Council on Foreign Relations. “If you can’t fix rule of law, I don’t see how the economic side can thrive.”

Peña Nieto doesn’t deny that Michoacán is a serious problem. “We need to re-establish the rule of law” in the state, he says. (The next day, he announced a $3.4 billion social and infrastructure investment package.) But, he adds, “we are regaining territorial control.” He grabs a chart from his chief of staff that shows violence dropping in several troubled cities.

This is a common complaint from Mexican officials: that broad security advances are overshadowed by shocking but localized acts of violence. “Sometimes people see the events but not the statistics,” says Chong.

A senior Obama Administration official expresses sympathy. “It’s a big country,” he says, recounting a nervous call from a U.S. auto-industry executive headed to a large Mexican city for a convention. The official’s advice? Relax. “It’s the equivalent of, you’re going to L.A. for a convention and you hear about a big shoot-out or hostage taking in Alabama. Would you feel unsafe?”

Not that security is the only obstacle to an economic boom. For one thing, last year’s reforms still require a wave of so-called secondary legislation to spell out their details. Passing it will take hard work, although the good news is that, unlike last year’s template-setting constitutional reforms, which required two-thirds majorities in Congress, these laws require only a simple majority.

Peña Nieto takes a long view. “We are not [working] only with a short-term goal,” he says. “We have a broader horizon, without thinking about what the polls are saying.”

Even if some reforms fall short, it has been a long time since Mexico experienced grand political bargains, a growing economy and optimism about the future. The idea might have been laughable until recently. But is it possible that America’s leaders could learn a thing or two from its resurgent southern neighbor?

 –With reporting by Dolly Mascareñas/Mexico City

MéxicoPolítico: Michoacán férvido

Mexico VigilantesPor Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la columna MéxicoPolítico en la edición Voces del The Huffington Post el 23 de enero de 2014.

Michoacán vive la peor crisis de violencia en su historia, no hay duda de ello. El conflicto que hoy tiene aquella región de los antiguos purépechas en un escalofriante guerra civil parece no tener solución. El Estado de derecho fue fulminado primero por los cárteles del crimen organizado y posteriormente por un plumazo presidencial que aniquiló el endeble gobierno de Fausto Vallejo, quien actualmente es una simple pieza decorativa en el estado.

Por su ubicación geográfica, el estado de Michoacán es una zona estratégica para el desarrollo de todo tipo de comercio e industria, incluido desde luego el narcotráfico. El limón y el aguacate son el llamado oro verde de la región; pero también hay que reconocer que desde hace años existe la siembra de drogas. Por ello, los cárteles de Jalisco y la otrora Familia michoacana se asentaron en esa región para desde ahí operar su industria del crimen.

No obstante, debido al poder que se enquistó en los grupos criminales, éstos comenzaron a crecer y por tanto se vieron en la imperiosa necesidad de disputarse la plaza. Así, la noche del 15 de septiembre de 2008 fuimos testigos de las explosiones por granadas en la explanada central de la ciudad de Morelia, el mensaje era claro: alguien debía quedarse con la plaza. El triunfo lo tuvo la Familia michoacana, y al tiempo ésta comenzó a fragmentarse hasta convertirse en la organización que hoy se identifica como los Caballeros Templarios.

Pero la historia no comienza ahí. Hablar del Michoacán de las últimas décadas implica hablar de la familia Cárdenas. Aún conservo en la memoria un evento en el cual campesinos de la tierra caliente se acercaron al ingeniero Cárdenas para pedirle interviniera ante algunos caciques de la región para que nos les cobrarán cuotas a los agricultores por sacar sus productos del campo al mercado. Todo iba bien, el ingeniero sentado en su gran escritorio escuchaba con atención y empatía, hasta el momento en que sin más lanzó la siguiente pregunta: ¿si intervengo cuánto me va a tocar?… Para muchos, aquella pregunta fue un balde de agua helada, pues nadie se esperaba que un personaje de la talla del ingeniero fuera actuar de esa manera.

Pero así fue desde aquel entonces la vida en Michoacán. Pulularon los caciques y guardias blancas por todo el estado, prohijados siempre por los gobiernos cardenistas. Por ello, no debe causarnos sorpresa que los Templarios y antes la Familia michoacana, hayan instrumentado una maquinaria tan compleja capaz, de controlar la economía del estado, de cierta manera, la mesa estaba servida. Y por ello, tampoco debe asombrarnos el hartazgo de los pobladores que se vieron obligados a organizarse en grupos de autodefensa.

Sin embargo, no debemos caer en la falsedad del axioma “el fin justifica los medios”. Si bien la percepción es que las autodefensas son la única opción para restablecer el orden en el estado, ya que el gobierno es incapaz de dar una solución, éstas se desempeñan al margen de la ley, y así como hoy combaten a los grupos criminales, mañana podrían combatir a las propias instituciones. Empero el conflicto no da para desarmar en este momento a las autodefensas (aunque así lo haya anunciado el secretario Osorio Chong), sino en todo caso, es urgente que el gobierno federal diseñe un plan político que contenga las etapas de recuperación del Estado de derecho, por ejemplo: primero, atrapar y encarcelar a los criminales y posteriormente integrar a las autodefensas al sistema de seguridad.

En ese sentido, el desafío del gobierno federal y de la sociedad misma, será borrar los registros de esa adrenalina que sienten los actuales combatientes, para una vez concluido el conflicto (si es que eso ocurre), puedan reincorporarse a su trabajo en el campo o a cualquier otra actividad licita que no implique la responsabilidad de traer colgada un arma y establecer la justicia por propia mano.

Nota al margen:

El jueves 5 de diciembre del 2013, falleció Nelson Mandela. Muchos reportajes periodísticos y documentos se publicaron en torno a su vida y trayectoria como activista, prisionero político y luego como presidente de su nación. En particular destaco el libro que con excepcional maestría escribió el periodista John Carlin, La sonrisa de Mandela, editado por el sello Debate del grupo editorial Penguin Random House. Este texto nos permite conocer con detalle la calidad, liderazgo y el legado que deja Mandela al mundo. El autor dibuja con trazos finos el retrato de un hombre excepcional que demostró que se podía ser un político hábil y extraordinariamente efectivo, pero al mismo tiempo y sobre todo un ser humano decente. No dejen de leerlo.

¿Quién gana y quién pierde con las reformas de Peña Nieto?

Enrique Pena NietoPor Juan José Solis Delgado

Este artículo fue publicado originalmente en la columna MéxicoPolítico en la edición Voces del The Huffington Post el 19 de diciembre de 2013.

Una de las cosas que ha perjudicado al México postrevolucionario es la institucionalización de la corrupción. A Plutarco Elías Calles y sucesores, debemos la cultura del compadrazgo, el influyentismo, el nepotismo, el autoritarismo y sobre todo el enriquecimiento ilícito de unos cuantos a costa del trabajo de las mayorías; todo ello en nombre de la Patria y en beneficio de la Nación. Nadie mejor que el PRI moderno ha sabido capitalizar este complejo fenómeno que a lo largo de la historia ha permitido el surgimiento de una singular clase política y empresarial: la élite del poder.

Si nos preguntamos quiénes ganan y quiénes pierden con las recientes reformas constitucionales de Peña Nieto, la respuesta podría ser tan sencilla o compleja según la perspectiva de observación que queramos tener. Podríamos ser simplistas y decir que ganan y pierden los de siempre. Pero en el fondo unos y otros tienen sus complejidades para ganar o perder. En todo caso, sí recurrimos a las características que tiene la élite, sabremos que no todos los que se asumen como ganadores lo serán, ni todos los perdedores serán derrotados. Vayamos por partes.

Los senadores y diputados que aprobaron la Reforma Energética se asumen como ganadores, pero en realidad la mayoría de ellos son la metáfora de aquel pasaje bíblico del plato de lentejas. ¿Cuántos de ellos realmente podrán ser beneficiados de los contratos que haga la élite con las grandes empresas petroleras internacionales? Apenas un puñado, sólo los que tengan acceso o sean parte de la esfera de la alta política donde confluyen políticos, religiosos, empresarios e industriales. Ellos seguramente serán quienes funden las empresas e industrias necesarias que provean de productos, servicios y demás periféricos y accesorios que requieran los nuevos contratos, licencias y concesiones que muy pronto operarán con los cambios constitucionales.

Esta élite realmente será la clase ganadora; ni siquiera el propio Peña Nieto, él apenas fue el artífice que cedió su primogenitura (legitimidad) por el plato de lentejas. Él y el resto de los legisladores federales y estatales recibirán abundantes comidas y viajes de gratitud, quizá exquisitas canastas navideñas con vinos, quesos y jamones importados, y si bien les va dos o tres millones de pesos depositados en sus cuentas bancarias, que dicho sea de paso por su ritmo de vida, se los acabarán en menos de un año. Así tenemos que al final entre los ganadores, la mayoría son perdedores.

¿Quiénes pierden? Sumados a los comedores de lentejas, perdemos todos. Los pobres, la clase media, la burocracia, las organizaciones políticas, las iglesias, los académicos, los líderes de opinión y desde luego el propio Estado. Y no se entienda que perdemos porque ya no tendremos la renta petrolera o una ley de telecomunicaciones que sólo beneficie al duopolio televisivo, o una reforma laboral que diluye los derechos ganados por la clase trabajadora, eso es secundario. En realidad perdemos porque se desvanece a nada nuestra incipiente democracia. Si algo pudimos construir como Nación en las últimas décadas, con pasajes como el del 1968 y viente años después con la fusión de las izquierdas, fue una democracia con instituciones que abrieron las puertas a la legalidad y al Estado de derecho.

Regresar el poder absoluto a la élite es retornar al pasado, es volver a aquel lugar común donde el presidente preguntaba la hora y los súbditos respondían temerosos: “la hora que usted quiera Señor Presidente”. Es regresar a la época en donde el Congreso de la Unión funcionaba tan sólo como una oficialía de partes y todo se decidía en los Pinos. Perdemos porque se diluye el equilibrio de los poderes y las estructuras políticas se edifican en la sola idea de la corrupción.

Nuestra pérdida es visible día con día al revisar los contenidos informativos de los medios de comunicación que cómplices con el sistema no informan la realidad del mundo. Ocultan datos, manipulan la información y generan un ambiente de encono entre la ya de por sí dividida sociedad mexicana. Los grupos anárquicos son quienes acaparan la atención de los informadores, pero no van a fondo, no investigan y no dan a conocer que esos grupos rebeldes son financiados por el mismo gobierno que supuestamente combaten. Columnistas y articulistas se frotan las manos porque saben que serán retribuidos con jugosos beneficios y prebendas como antaño. A pesar de excepciones, nuestro periodismo ya comienza a olvidar su espíritu de objetividad y se doblega a los guiños priistas para retornar a un estado complaciente y cómplice. ¿Quién pierden entonces? Por supuesto la sociedad mexicana que le secuestran su derecho a estar debidamente informada.

Perdemos todos y lo perdemos todo. ¿Qué futuro nos depara si la ley está diseñándose para soportar impunemente el robo, la corrupción y la represión sistemática? Quizá el silencio de la sociedad mexicana ha sido ensordecedor y los ínfimos intentos de manifestación no han prosperado por la misma división de las supuestas fuerzas de izquierda. La defensa del país no debe entenderse sólo como la lucha de Andrés Manuel López Obrador o el resurgimiento de Cuauhtémoc Cárdenas, sino debemos reconocer que la lucha es por el país y los individuos que queremos ser en nuestro presente y en el futuro.

La derrota es sin lugar a dudas la oportunidad que tenemos de triunfar, de ganar esta guerra contra la élite oligárquica, esa élite vulgar y ambiciosa que día con día se envenena de poder.

¿La culpa es de la naturaleza?

inundaciones

Por Juan José Solis Delgado

Este artículo se publicó originalmente en la columna MéxicoPolíticoen la edición Voces del The Huffington Post el 25 de septiembre de 2013.

Desde las primeras noticias que la televisión dio a conocer sobre las afectaciones en más de la mitad del territorio mexicano, provocadas por los fenómenos meteorológicos Ingrid yManuel, no se ha cesado en sostener la idea que la magnitud de la devastación se debe a la insospechada fuerza de la naturaleza, que a la fecha ha cobrado la vida de decenas de personas, ha generado cientos de damnificados y miles de millones de pesos en perdidas económicas.

Sin embargo hoy se sabe que la tragedia pudo evitarse. La información que emitió el Servicio Meteorológico Nacional las primeras horas del 14 de septiembre, advertía puntualmente sobre la formación de la tormenta tropical Ingrid en las costas del Golfo de México y de la posible transición de depresión a tormenta tropical de Manuel, en el Pacífico. Se preveía que ambos fenómenos dejarían un caudal de agua incalculable. Pero como ya ha ocurrido en otros desastres naturales, las autoridades federales y estatales prefirieron cumplir con caprichos y extravagancias políticas que con su vocación de servicio y gobierno.

Las fuerzas armadas, por órdenes de su jefe supremo, el presidente de la República, mantuvieron a médicos, enfermeras, rescatistas, y soldados en general, acuartelados en la ciudad de México para cumplir la mañana del 16 de septiembre con las festividades del desfile militar. Pese a que para esos momentos era imposible contener la cantidad de agua de lluvia en ríos, lagos, lagunas y presas ubicadas principalmente en los estados de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, nadie tuvo la sensatez e inteligencia de alertar a la población sobre la necesidad de evacuar inmediatamente sus hogares. La fiesta, el besamanos, los abrazos, las viandas y los licores, fueron más importantes que la suerte de apenas unos cientos de mexicanos que literalmente de la noche a la mañana lo perdieron absolutamente todo.

¿Quién tiene la culpa que este tipo de fenómenos naturales provoquen tanta devastación?, ¿las autoridades por su inacción y omisión?, ¿los pobladores por asentarse en lugares no aptos para el desarrollo urbano?, ¿ambos?, ¿o simplemente es culpa de la naturaleza?

Para ser precisos, la naturaleza es la que menos tiene que ver. En realidad, las devastaciones y su considerable cuota de damnificados son producto de nuestra enquistada cultura de la corrupción. Porque para evitar cosechar tragedias lo mejor es no sembrarlas; es decir, no debiera permitirse los asentamientos al pie de las cuenca de una cañada, o en las cercanías bajas de una presa, etc. Se debería impedir desde un principio que no haya este tipo de asentamientos irregulares; pero lamentablemente, insisto, la corrupción está tan incrustada en la vida política del país, que sabemos muchos de esos asentamientos fueron prebendas obtenidas por organizaciones políticas de todos los colores a cambio de un voto electoral. Sólo en México ocurre que se puede electrificar, pavimentar, comunicar y en general proveer de servicios públicos el lugar más inhóspito e inimaginable del país. Todo a cambio de un voto.

El diseño institucional del actual sistema político mexicano, definió desde un inicio, que la modernidad pendiera de las relaciones clientelares y de permanencia de la pobreza generada a lo largo y ancho del país. Los programas de asistencia social hoy llamados de “desarrollo”, no tienen como fin último combatir la pobreza y la falta de oportunidades, al contrario, su misión es lograr que la pobreza persista para que siempre -sexenio tras sexenio- haya un recurso público que destinar; y con ello, siempre haya funcionarios y políticos que se enriquezcan con los fondos públicos “etiquetados” para ayudar.

En ese sentido, no hay nada más propicio y benéfico para un gobierno corrupto que un desastre natural, porque en principio es sin duda, la oportunidad de aparecer en televisión y periódicos retratados con los damnificados prometiéndoles ayuda inmediata. Así lo hemos visto con Enrique Peña Nieto que visita a los damnificados en mangas de camisa, se moja un poco los zapatos y promete reponer los bienes materiales perdidos. De igual forma hemos visto al gobernado de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, concediendo entrevistas a la televisión con el agua llegándole prácticamente al pecho. Por supuesto esas imágenes proyectan una imagen pública positiva que fortalece la trayectoria política de los funcionarios, aunque en la realidad no resuelven el problema de fondo, los discursos, los abrazos y las promesas no dan de comer, ni son un techo donde dormir.

Pero no sólo es un asunto de imagen, los desastres naturales abren la puerta de la jugosa arca de recursos públicos etiquetados año con año para solventar las perdidas provocadas por los fenómenos naturales. Y el problema precisamente está en que no hay un sistema que garantice que dichos fondos sean ocupados en la reconstrucción de comunidades devastadas. De por sí se sabe que en ocasiones las donaciones ciudadanas de despensas, medicamentos, ropa, etc., son robadas y luego vendidas a los damnificados; la situación se agrava aún más cuando se trata de recursos públicos que difícilmente pueden fiscalizarse y por tanto pueden repartirse sin reserva.

Lamentablemente así opera el gobierno mexicano ante las desgracias de la naturaleza. Y por eso cada año descubrimos más y más asentamientos humanos ubicados en zonas de peligro. Las familias que se ubican en zonas de riesgo, son víctimas de su propia ignorancia y pobreza, y al final, les hace más daño prestarse a la corrupción del gobierno que ilegalmente les provee de servicios para mantenerlos cautivos como clientes electorales obligándoles a vivir en una permanente riesgo, que los efectos que pueda causar cualquier fenómeno de la naturaleza.

Nota al margen:
La controvertida presentadora de televisión Laura Bozzo ocupó un helicóptero del gobierno del Estado de México para escenificar un rescate en las zonas devastadas. La opinión pública ha reprobado dicha acción y le recrimina a la conductora que use la tragedia para elevar los niveles de audiencia de su programa televisivo. Quien esto escribe está convencido que ella simplemente hizo lo que saber hacer: lucrar con la dignidad de las personas. El problema de fondo es, ¿quién autorizó el préstamo del helicóptero y con qué justificación?